Parte 1
Hoy dejaré en suspenso el nombre de Amílcar Olán y las controversias que lo acompañan en los laberintos políticos de la Cuarta Transformación.
Tampoco me ocuparé de la inseguridad que se ha enquistado en tantos rincones de nuestro entrañable México, hasta adquirir la perturbadora apariencia de una tragedia cotidiana, de esas que, por repetidas, amenazan con volverse costumbre.
No.
Hoy quiero apartarme, aunque sea por un instante, del estrépito del poder, de las ambiciones desmedidas, de las disputas partidistas y de esa interminable procesión de personajes que confunden la notoriedad con la trascendencia.
Hoy prefiero refugiarme en un territorio donde la inteligencia prevalece sobre la estridencia, donde las palabras sobreviven a sus autores y donde el silencio puede alcanzar una elocuencia que ningún discurso político conseguiría jamás.
Hoy quiero hablar de literatura. De la verdadera grandeza. De Juan Rulfo.
Porque hay hombres que necesitan del poder para sentirse importantes. Y hay otros que, sin ejercerlo jamás, conquistan una autoridad que ni los gobiernos ni el paso de los siglos consiguen desvanecer.
Juan Rulfo pertenece a estos últimos.
La evocación viene a propósito de Cien años con Juan Rulfo, la serie documental dirigida por Juan Carlos Rulfo, hijo del escritor, realizada en el marco del centenario de su nacimiento, celebrado en 2017.
Una aproximación a la vida, la sensibilidad y el universo creativo de uno de los mexicanos más extraordinarios que haya dado nuestra historia cultural.
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació el 16 de mayo de 1917, en Jalisco.
El mundo terminaría por conocerlo, sencillamente, como Juan Rulfo.
Dos palabras.
Nada más.
Dos palabras bastaron para conquistar un lugar privilegiado en la posteridad.
Y apenas dos libros fundamentales fueron suficientes para modificar el rumbo de la narrativa hispanoamericana.
En 1953 apareció El Llano en llamas, una colección de relatos que abrió las puertas a un universo literario donde la pobreza, la violencia, el abandono y la desesperanza adquieren una dimensión profundamente humana.
Sus personajes no necesitaban grandes discursos.
Eran campesinos despojados, hombres vencidos por la adversidad, mujeres que cargaban sobre los hombros el peso de generaciones enteras y criaturas condenadas a convivir con los fantasmas de su propia existencia.
Rulfo convirtió la desolación del campo mexicano en una expresión de belleza estremecedora.
Hizo de la tierra un personaje.
Del dolor, una memoria.
Y del silencio, una forma de eternidad.
Dos años después, en 1955, publicó Pedro Páramo.
Y entonces ocurrió el prodigio.
Comala, aquel pueblo imaginario habitado por murmullos, recuerdos y ánimas que se resisten a desaparecer, dejó de pertenecer exclusivamente a la geografía de la ficción para instalarse en la conciencia literaria del mundo.
Comala no figura en los mapas. Pero existe en la memoria universal.
Ésa es la dimensión del genio.
Rulfo consiguió que los muertos hablaran sin que la muerte pareciera una frontera definitiva. Que el pasado respirara dentro del presente. Que las culpas heredadas fueran más poderosas que la voluntad de los vivos.
Su narrativa rompió con las convenciones del tiempo, de la realidad y de la propia existencia.
Y lo hizo sin artificios innecesarios.
Sin ostentación intelectual.
Sin la vanidad de quienes necesitan escribir miles de páginas para demostrar que tienen algo que decir.
Rulfo escribió poco.
Pero escribió para siempre.
Su obra confirma una de las verdades más profundas de la creación artística: la grandeza literaria no se mide por la cantidad de libros publicados, sino por la profundidad de la huella que dejan en el espíritu humano.
Y si alguien comprendió aquella dimensión extraordinaria fue Gabriel García Márquez.
El colombiano, que años después recibiría el Premio Nobel de Literatura en 1982, encontró en Pedro Páramo una revelación narrativa que habría de marcar profundamente su trayectoria.
Imagen de portada: Juan Rulfo// Agencia Literaria Carmen Balcells