Hace aproximadamente veintiséis años conocí a Vicente Aguilar Aguilar. No fue en una oficina elegante, ni durante una ceremonia partidista, ni en una conferencia de prensa con fotógrafos acomodando sus cámaras para registrar la sonrisa de los protagonistas.
Lo conocí afuera de las oficinas del Comité Municipal del PRI en Misantla y había fuego. Mi memoria guarda aquella escena como se guardan algunos episodios de la política de nuestros pueblos: con imágenes incompletas, nombres que aparecen y desaparecen, voces alteradas y el olor de algo que se está quemando mientras todos intentan explicar quién tuvo la culpa.
Eran los años de una consulta interna para elegir al candidato del PRI a la diputación local por el distrito de Misantla. Entre los participantes estaba Constantino Aguilar Aguilar, hermano de Vicente, quien con el paso del tiempo sería diputado local, diputado federal y dirigente estatal de la Confederación Nacional Campesina en Veracruz.
Pero aquella tarde el futuro todavía no existía, lo que había era una elección interna, acusaciones de fraude y un grupo político convencido de que quienes tenían bajo su responsabilidad el proceso habían vendido la elección. Vicente Aguilar llegó acompañado de su equipo político, que parecía más una tropa de forajidos, de entre los nombres que todavía rescato de aquellos años está el de Marcelino Caicero.
La oficina del PRI municipal fue tomada. Los responsables del proceso electoral interno, salieron apresuradamente por la parte trasera del edificio, porque por la puerta principal había entrado una multitud que no parecía dispuesta a escuchar explicaciones.
Mi memoria me devuelve los rostros de Modesto Cruz y del licenciado Carlos Gabriel Sánchez Ortiz, entre otros que salieron ágiles y veloces por el portón de atrás. También recuerdo a una secretaria que le dio un ataque de pánico e intentó defender la documentación del proceso, antes de abandonar la oficina por la parte posterior, mientras afuera crecía el enojo.
Después vinieron los muebles, las urnas, el fuego. No sé si con el paso de los años la memoria haya exagerado el tamaño de las llamas. Las memorias también envejecen y, a veces, adornan los recuerdos con sombras que no estaban ahí. Pero hay imágenes que permanecen y el recuerdo de esa noche es una de ellas:
Las urnas de una elección interna del PRI ardiendo afuera de sus propias oficinas. Vicente Aguilar prendía fuego a una urna abierta y actas del proceso interno, mientras el Pijul seguía sacando más papeles del PRI.
Años después, la vida volvió a ponerlo en mi camino. Esta vez no había urnas quemándose ni militantes corriendo por las puertas traseras. Yo había aceptado un encargo que desempeñé durante aproximadamente un año y medio, y entre mis responsabilidades estaba mantener comunicación y tratar asuntos relacionados con el dirigente estatal del Partido del Trabajo. Entonces conocí a otro Vicente Aguilar, al hombre de trato amable, al político atento, al dirigente que siempre tuvo consideraciones conmigo y que, a pesar de las diferencias naturales que existen entre la política y el periodismo, me brindó respeto y cordialidad.
Nunca perdimos completamente el contacto. La vida me llevó por otros escenarios y, con el tiempo, regresé a mi trinchera: El Chiltepín, el periodismo y esa costumbre que tengo de mirar la política desde sus protagonistas, pero también desde sus contradicciones.
Hoy vuelvo a encontrarme con la familia Aguilar. No con Vicente, sino con su hijo, el actual diputado local que representa al distrito de Misantla en el Congreso del Estado. También originario de Alto Lucero, le corresponde legislar por una región que conoce bien el peso de los apellidos, las alianzas, las lealtades y las historias políticas que se escriben durante décadas. Y mientras observo esta nueva etapa del Partido del Trabajo, no puedo evitar pensar que el tiempo tiene una manera extraña de acomodar a las personas.
Don Vicente ya es un hombre mayor, sé que en los últimos tiempos su estado de salud no ha sido el mejor. Pero también sé que durante más de veinte años ha trabajado para construir y mantener la presencia del Partido del Trabajo en Veracruz. No es poca cosa, sostener una estructura política durante dos décadas, recorrer municipios, formar cuadros, resolver conflictos, acompañar campañas y lograr que un partido tenga representación en los 212 municipios del estado requiere algo más que una oficina y un nombramiento. Requiere tiempo, mucho tiempo y la política, aunque a veces parezca olvidarlo, también debería saber reconocer los años de trabajo.
Luego apareció Adrián González Naveda, a él lo conozco de otra manera, hemos cruzado un saludo apenas un par de veces, pero he seguido su crecimiento político desde la distancia que permite el periodismo. Lo vi avanzar desde la responsabilidad de coordinar los programas de Bienestar en Coatepec hasta convertirse en diputado federal. Recorrió el distrito de Coatepec y construyó su candidatura y con muchas dificultades ganó la elección que lo llevó al Congreso de la Unión, en una región donde durante muchos años los triunfos tenían otros nombres.
Coatepec fue territorio de Pepe Yunes, antes lo fue de Adolfo Mota y durante mucho tiempo, las estructuras del PRI parecían conocer de memoria el camino hacia la victoria. Pero Adrián Naveda logró abrirse paso, desde la izquierda, donde ha militado desde muy joven, desde lo que he podido observar, ha mantenido congruencia con el proyecto político que representa.
Por eso me resultó inevitable abordar en Diacrónico, la trama del Partido del trabajo, desde hace unos días, las declaraciones parecían anunciar una confrontación. Unos hablaban de estructuras que no existían y otros defendían la permanencia de la dirigencia estatal. Entrevistas banqueteras que la prensa local le hizo tanto al dirigente estatal Vicente Aguilar Aguilar y al diputado federal Adrián González Naveda que se invalidaban uno a otro, con la frase “su cargo no existe estatutariamente”, prendieron el fuego entre “la militancia petista”.
Y todo esto originado por los nombramientos de los nueve coordinadores regionales en la ciudad de México, por la dirigencia nacional del PT, para que organicen, afilien y ausculten a su militancia en busca de los mejores perfiles de sus regiones para que vayan al proceso electoral que ya está en puerta.
Todo indicaba que el PT estaba sufriendo una fractura difícil de restaurar, pues las controvertidas declaraciones de unos contra otros, no eran suaves, ni amables, y de pronto llegaron las fotografías al chat de periodistas y el boletín oficial del PT. Mi dedo se detuvo en la notificación del celular: PT presenta a sus nueve coordinadores regionales y define estrategia rumbo a las elecciones de 2027, 2029 y 2030 y una bajante muy escueta: Se mantiene firme la Coordinación Estatal del partido.
Abrí el mensaje y ahí estaban: Vicente Aguilar y Adrián González Naveda, juntos, sonriendo, abrazados. Como si el “no existe” hubiera sido apenas una frase perdida entre el ruido de la política y las redes sociales. Y es que quizá el problema nunca fue quién existía, más bien la discusión era quién tendría la responsabilidad de construir lo que viene.
Y es que según el boletín y un par de videos que venían adjuntos en el mensaje, el Partido del Trabajo presentó nueve coordinaciones regionales, pero también confirmó la permanencia de su estructura estatal. No hubo relevo inmediato, ni expulsión, tampoco ruptura, solo una nueva distribución de responsabilidades y una fotografía que terminó diciendo más que todas las declaraciones.
Mientras observaba el video de la rueda de prensa del PT en donde aparecen Vicente y Adrián juntos, regresé por un instante a aquellas oficinas del PRI en Misantla. Vi nuevamente las urnas, los muebles, el fuego, escuché las acusaciones y recordé a quienes salieron por la puerta trasera, pensé en todo lo que puede ocurrir en veintiséis años.
INCLUSO LO QUE PUEDE OCURRIR EN UNAS CUANTAS HORAS QUE los adversarios de ayer —o los protagonistas de una diferencia que parecía imposible de conciliar— terminaron compartiendo la misma mesa, por eso la política nunca debería explicarse únicamente con las declaraciones del día.
La política también se entiende mirando hacia atrás, recordando quién estuvo dónde, quién levantó una estructura, quién caminó un distrito, quién gritó fraude, quién encendió una protesta y extendió la mano; y quién terminó abrazando a quien, cuando apenas unos días antes, parecía estar del otro lado.
Conocí a Vicente Aguilar entre urnas que ardían y Adrián Naveda lo he visto crecer entre campañas y nuevas responsabilidades, hoy los veo juntos. Después de todo, ninguno dejó de existir, simplemente el tiempo (unas horas), el oficio político y seguro un golpe en el escritorio del dirigente nacional del PT, Alberto Anaya, hicieron que se volvieran a acomodar las piezas.
Dice mi amigo “el Tlacuache” que la política en Veracruz, tiene una memoria muy larga… pero también una extraordinaria capacidad para olvidar y, cuando hace falta, para abrazarse frente a las cámaras. Después de todo, las urnas se queman una sola vez, los abrazos, en política, siempre pueden repetirse.