El “What if…” me encanta…
¿Qué hubiera pasado si doña Rosa Borunda hubiera seguido los pasos de su abuelo, el General Rodrigo Quevedo, exmandatario estatal de Chihuahua, y hubiera gobernado aquel estado?
Fácil: en estos momentos, sus hijos Rosita y Javier andarían haciendo grilla por allá, en Chihuahua, entre sotoles, vaqueros y discursos de identidad norteña… porque, para ser sinceros, ni con que su padre fue Gobernador de Veracruz se les ve una grilla de ésas que digan: “¡Qué bruto, ya echaron raíz en la entidad!”
El caso de Javier Herrera Borunda tiene mucho de ese viejo y conocido efecto Golondrina: aparece por temporadas, hace nido donde cree que hay calor político y, cuando cambia el clima electoral, levanta el vuelo.
Algo parecido hizo en su momento Tomás Ruiz, cuando aspiraba a ser candidato a Gobernador sin conocer del todo Veracruz; o Sergio Gutiérrez Luna, quien también quiso vender querencia jarocha de importación, aunque a veces parecía más turista político que aspirante serio.
En descargo de Tomás Ruiz, su paso por Sefiplan al menos le dio margen para conocer Veracruz más tiempo que Sergio… aunque conocer Veracruz desde una oficina con aire acondicionado tampoco es exactamente caminar la sierra, la cuenca, el norte o el sur con los zapatos llenos de polvo.
Sí, es posible que Javier Herrera conozca Veracruz. Sería el colmo que no. Pero una cosa es conocerlo de apellido, de herencia, de referencia familiar o de foto de archivo, y otra muy distinta haberlo recorrido, trabajado, sudado y entendido.
Y peor tantito: una cosa es decir que se conoce Veracruz y otra pretender que se conoce Cosamaloapan, distrito por el que aparentemente suspira para buscar una curul.
Ahí es donde la cosa se pone sabrosa.
Porque Javier Herrera está, por decirlo bonito, desencanchado. Y por decirlo como es: está fuera de ritmo, fuera de territorio y fuera de conversación. No sólo en Veracruz, sino en el distrito que, según se dice, quisiera representar.
Por eso no extraña que los cronistas usen la palabra precisa: “reapareció”.
Y cuando de un político dicen que “reapareció”, no siempre es buena noticia. A veces significa que regresó. A veces significa que nadie lo estaba esperando. Y a veces significa que alguien prendió la luz y ahí estaba, como mueble viejo en casa ajena.
Su presencia en Veracruz y en su aparente “terruño” ha sido eso: intermitente, calculada, de temporada. Una presencia más cercana al álbum familiar que al trabajo político real.
El problema para Javier es que el distrito de Cosamaloapan, por donde se le vea, es hoy territorio moreno. Y mientras él apenas asoma la cabeza, en Morena ya hay quienes traen los tenis puestos desde hace rato.
Si su tirada es la diputación federal, en la Cuenca ya se perfila Felipe Pineda Barradas.
Si la apuesta es por la local, tendría que formarse detrás de nombres que sí están metidos en el territorio: Tavo Sentíes, Zulema Aguilar, Priscila Carrera y Álvaro Gómez, quien aparentemente lleva ventaja.
Es decir, Javier no llega a una pista vacía. Llega tarde a una carrera que otros ya vienen corriendo.
Ahora bien, si su esperanza está puesta en Alvarado y Amatitlán, municipios gobernados por el Verde, tampoco basta con colgarse del color del partido como si fuera salvavidas electoral. Tendrá que hacer bastante más que eso.
Por principio, conocer a los actores políticos que mandan, pesan, operan y deciden en la zona.
Y conocerlos no significa ir a tomarse la foto con los alcaldes, saludar de abrazo, subir tres historias a redes, repartir sonrisas de manual y creer que con eso ya se “hizo territorio”.
No.
Cosamaloapan no se gana en Facebook.
No se gana con apellido.
No se gana con nostalgia.
No se gana con la estampa de “hijo de”.
Y mucho menos se gana con el efecto Golondrina.
La Cuenca se trabaja. Se camina. Se escucha. Se suda. Se entiende. Y, sobre todo, se respeta.
Porque una cosa es venir a Veracruz a recordar que aquí gobernó su padre, y otra muy distinta pretender que esa memoria alcance para abrirle paso en una boleta casi veinte años después.
El apellido Herrera puede pesar en los archivos, en las sobremesas políticas, en los recuerdos del fidelismo y en la nostalgia de algunos verdes que todavía creen que el pasado puede reciclarse con moño nuevo.
Pero en territorio, el apellido no camina solo.
Y ahí está el detalle: Javier Herrera quiere jugar en una cancha que no ha pisado lo suficiente. Quiere disputar una plaza donde otros ya traen estructura, presencia, operadores y, sobre todo, tiempo invertido.
Porque en política, como en la vida, no basta con aparecer cuando se acerca la temporada.
Las golondrinas anuncian cambios de clima, sí… pero no necesariamente ganan elecciones.
Y vuelvo al “What if…”:
¿Qué hubiera pasado si Rosa Borunda hubiera gobernado Chihuahua?
Tal vez Javier hoy estaría recorriendo Parral, Delicias o Ciudad Juárez, hablando de la tierra de su madre, de la herencia de su bisabuelo y de una querencia chihuahuense que, al menos en el discurso, sonaría más natural.
Pero no fue así.
La historia lo puso en Veracruz, aunque él parezca recordarlo sólo cuando hay curules en el horizonte.
Y quizá ése sea el verdadero problema de Javier Herrera Borunda: no es que quiera volver.
Es que primero tendría que convencer a la Cuenca de que alguna vez estuvo.
Javier, el nuevo golondrino
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