La relación entre México y Estados Unidos atraviesa una de sus etapas más delicadas desde los años de la “guerra contra el narcotráfico” impulsada por Felipe Calderón y la Iniciativa Mérida.
Hoy, el escenario es todavía más complejo: Donald Trump regresó a la Casa Blanca con un discurso endurecido y con la obsesión política de demostrar que puede aplastar a los cárteles mexicanos, a los que su gobierno ya cataloga como organizaciones terroristas.
En este contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió a Washington reciprocidad y responsabilidad compartida en el combate contra el crimen organizado.
La mandataria recordó algo que durante años fue políticamente incorrecto mencionar en Estados Unidos: el gigantesco consumo de drogas del vecino del norte y el tráfico de armas que cruza la frontera hacia territorio mexicano.
Pero del otro lado de la frontera, Donald Trump mantiene una narrativa completamente distinta.
Para Trump, México se ha convertido en el epicentro del tráfico de fentanilo, de las mafias criminales y de una presunta “narcopolítica” tolerada desde las estructuras del poder.
Por ello, ha vuelto a lanzar amenazas abiertas: “si ellos no hacen el trabajo, nosotros lo haremos”, declaró recientemente al referirse a posibles acciones contra los cárteles en suelo mexicano.
No se trata de una simple frase de campaña. Trump ha construido históricamente su capital político a partir de enemigos externos: China, los migrantes, Venezuela y, ahora, México.
En su primer mandato amagó con designar terroristas a los cárteles y con enviar tropas a territorio nacional.
La diferencia es que hoy regresa con más poder político, con mayoría conservadora en Washington y con una narrativa internacional que vincula directamente narcotráfico, migración y seguridad nacional estadounidense.
El problema para México es que la tensión diplomática ya comenzó a escalar peligrosamente.
Las acusaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra políticos mexicanos presuntamente ligados al Cártel de Sinaloa, así como el escándalo relacionado con agentes estadounidenses operando en territorio mexicano, abrieron una grieta inédita entre ambos gobiernos.
La presidenta Sheinbaum insiste en defender la soberanía nacional y rechaza cualquier tipo de intervención extranjera. Morena y sus aliados incluso cerraron filas bajo el discurso de “defensa de la independencia nacional”.
S in embargo, la historia demuestra que cuando Estados Unidos considera amenazada su seguridad interior, la diplomacia suele convertirse en presión económica, política y militar.
México lo sabe perfectamente. Ocurrió con la invasión de Veracruz en 1914; con la expedición punitiva contra Pancho Villa en 1916; con las presiones antidrogas de Richard Nixon en los años setenta; y con las fuertes imposiciones de Washington tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Estados Unidos jamás ha tolerado riesgos a su seguridad fronteriza.
El gran riesgo para México no es únicamente una incursión militar —que jurídicamente sería explosiva— sino un conjunto de medidas graduales capaces de golpear severamente al país: sanciones financieras, restricciones comerciales, cancelación de visas a políticos, presión sobre bancos mexicanos, persecución internacional contra funcionarios señalados y condicionamientos en la renegociación del T-MEC.
El tema ya dejó de ser únicamente policiaco; ahora es geopolítico.
Y mientras ambos gobiernos cruzan declaraciones de soberanía y amenazas, la realidad sigue avanzando silenciosamente: los cárteles continúan expandiendo su poder económico, territorial y político. Esa es precisamente la mayor debilidad de México frente a Trump.
Porque mientras Washington presenta el problema como una amenaza terrorista global, el gobierno mexicano insiste en manejarlo como un asunto interno y político.
La presidenta Sheinbaum enfrenta así el reto más delicado de su sexenio: defender la soberanía nacional sin provocar una ruptura frontal con el país más poderoso del planeta.
Porque en política internacional, las palabras pesan. Y cuando Trump amenaza, el mundo sabe que rara vez lo hace en broma.
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