junio 2, 2026

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El Estado pensionario, cuando el pasado comienza a devorar el futuro

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Por años, el debate público en México giró alrededor de la necesidad de ampliar la protección social, reducir la pobreza y garantizar una vejez digna para millones de personas. Nadie puede cuestionar la legitimidad de ese objetivo. Sin embargo, los datos más recientes revelan una realidad que comienza a encender señales de alerta, el país ya no enfrenta únicamente un problema de gasto social, sino un problema de rigidez fiscal.

Entre enero y abril de 2026, el gasto federal destinado a pensiones contributivas alcanzó los 559 mil 750 millones de pesos, la cifra más alta registrada para un periodo similar. Si se agregan las pensiones no contributivas, principalmente la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores, el monto asciende a 619 mil 258 millones de pesos.

La cifra es enorme, pero lo verdaderamente relevante es lo que representa. Las pensiones contributivas absorbieron cerca del 18 por ciento del gasto total del Gobierno Federal durante esos cuatro meses. En otras palabras, casi uno de cada cinco pesos gastados por el Estado mexicano se destinó a cubrir compromisos pensionarios.

La situación tiene una característica que la vuelve particularmente delicada. Las pensiones son uno de los gastos más difíciles de ajustar. Los trabajadores jubilados tienen derechos adquiridos que deben respetarse, mientras que los programas de pensiones universales cuentan con un respaldo político y social prácticamente intocable. Ningún gobierno está en condiciones de reducirlos sin asumir costos políticos enormes.

Esto provoca que el presupuesto federal pierda flexibilidad año tras año.

Cuando los ingresos públicos disminuyen, ya sea por menor crecimiento económico, caída de la recaudación o reducción de los ingresos petroleros, el gobierno puede posponer obras, reducir programas o recortar gastos operativos. Lo que no puede dejar de pagar son las pensiones.

Ahí radica el verdadero desafío.

Mientras más recursos absorba el sistema pensionario, menos espacio existirá para invertir en infraestructura, hospitales, escuelas, carreteras, seguridad pública o proyectos productivos que generen crecimiento económico futuro.

La paradoja es evidente. Las pensiones cumplen una función social indispensable porque sostienen el ingreso de millones de hogares, especialmente en un país donde gran parte de la población trabajó durante décadas sin acceso a mecanismos sólidos de ahorro para el retiro. Ese dinero mantiene el consumo y dinamiza economías locales.

Sin embargo, el beneficio de corto plazo puede convertirse en una carga estructural de largo plazo si desplaza inversiones estratégicas para el desarrollo nacional.

Las proyecciones son todavía más inquietantes. Si el ritmo de gasto observado durante el primer cuatrimestre se mantuviera durante todo el año, el costo conjunto de las pensiones podría superar los 1.85 billones de pesos en 2026. Diversos centros de análisis estiman que para 2030 el gasto pensionario podría representar entre el 7.1 y el 7.8 por ciento del Producto Interno Bruto.

En términos simples, una porción cada vez mayor de la riqueza nacional se destinará a financiar obligaciones del pasado, mientras disminuye el margen para construir capacidades productivas hacia el futuro.

Ante este escenario, México parece acercarse a una etapa de presión fiscal permanente.

Las opciones tampoco son sencillas. El gobierno puede incrementar impuestos, pero enfrenta resistencia política y económica. Puede aumentar el endeudamiento, aunque ello comprometería aún más las finanzas públicas. Puede recortar inversión pública, pero eso limitaría el crecimiento futuro. O puede impulsar una mayor formalización laboral para ampliar la base de contribuyentes y cotizantes, aunque ese proceso requiere tiempo y reformas profundas.

Lo que resulta cada vez más evidente es que la discusión nacional no puede seguir centrándose únicamente en cuánto gastar, sino en cómo financiar sosteniblemente ese gasto.

Las pensiones son necesarias. Nadie discute su importancia social. Lo que comienza a discutirse es si el país está construyendo un modelo capaz de sostenerlas durante las próximas décadas sin sacrificar crecimiento económico, competitividad e inversión pública.

Porque detrás de las cifras existe una pregunta fundamental para el futuro de México. ¿Será capaz el Estado de cumplir sus compromisos con quienes ya se retiraron sin comprometer las oportunidades de quienes todavía están por construir su patrimonio?

Esa será, probablemente, una de las decisiones económicas más importantes de la próxima década.

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cacostabravo@yahoo.com.mx

Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte  del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.

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