La pérdida de la visa de Estados Unidos resultó más que un trámite. Se convirtió en una sentencia política. Y esa sentencia tiene apodo y apellido: “Andy” López Beltrán.
La cancelación de su visa circuló como reguero de pólvora política, y se integró en un conflicto de estado.
Conviene puntualizar: perder una visa no equivale jurídicamente a ser declarado criminal, ni constituye por sí mismo prueba de delito alguno.
Pero, políticamente, el golpe es distinto: certero y a la cabeza.
Porque “Andy” no es cualquier “Andy”.
Es hijo del expresidente López Obrador.
Es ex secretario de Organización de Morena.
Es uno de los personajes alrededor de quien gira buena parte de la discusión sobre la herencia política del mesías de Palenque.
Y ahí aparece la verdadera pregunta:
¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar AMLO para proteger a su hijo y conservar el control de su movimiento?
El añoso líder permanece oficialmente retirado. Pero distanciarse de Palacio Nacional no necesariamente significa apartarse del poder.
El macuspano construyó durante décadas algo más grande que una Presidencia: edificó una corriente política, una estructura territorial, una narrativa y, sobre todo, una enorme lealtad personal dentro de Morena.
Claudia Sheinbaum heredó el gobierno.
La pregunta es si recibió también el poder de mando.
Porque una cosa es ocupar la silla presidencial y otra muy distinta controlar todos los resortes del movimiento que la colocó en alto estado.
Ahí está la grieta.
Si desde Washington aumentara la presión sobre personajes cercanos al expresidente; si “Andy” quedara políticamente arrinconado; si además el gobierno de Sheinbaum decidiera avanzar contra figuras consideradas parte del viejo entramado obradorista, entonces México podría entrar en un territorio político desconocido.
Uno de esos nombres es Rubén Rocha Moya, ligado al cártel de Sinaloa y eje principal de la indignación del expresidente.
Una eventual acción judicial contra el gobernador –ahora con licencia indefinida por segunda vez– tendría una lectura mayor.
Para algunos sectores podría interpretarse como el comienzo de una ruptura con el pasado; para Sheinbaum, en cambio, podría representar la oportunidad de demostrar algo elemental en cualquier Presidencia:
que sólo existe un Poder Ejecutivo.
Y que lo encabeza ella. Nadie más.
Ese sería el verdadero enfrentamiento.
No necesariamente entre Morena y la oposición.
Sino entre aliados de AMLO y el bando de Sheinbaum.
Entre quien creó el movimiento y quien ahora gobierna con ese sector.
López Obrador podría encontrarse entonces ante una decisión que jamás imaginó: aceptar que su sucesora gobierne sin pedir permiso o intentar conservar desde fuera el poder que ejerció desde dentro.
¿Sumisión o ruptura?
La tentación de intervenir podría crecer todavía más si considera amenazada a su familia.
Pero aquí debe marcarse otra frontera.
Hablar de un eventual golpe de Estado militar contra Sheinbaum es, hoy, un escenario extremo para el cual no existe evidencia pública que permita presentarlo como un plan real. Convertir una hipótesis de esa magnitud en afirmación sería irresponsable.
Lo que sí puede existir —y eso resulta políticamente más verosímil— es una guerra interna.
Una rebelión de grupos.
Gobernadores tomando partido.
Legisladores midiendo lealtades.
Dirigentes obligados a decidir si obedecen a Palacio Nacional o ejecutan las instrucciones provenientes de Palenque.
Y entonces Morena enfrentaría la paradoja que tarde o temprano alcanza a todos los movimientos construidos alrededor de un liderazgo dominante:
¿qué sucede cuando el fundador deja el poder, pero no quiere dejar de mandar?
Sheinbaum también tendría que decidir.
Puede administrar cuidadosamente la herencia recibida, evitando confrontarse con quien la llevó hasta Palacio Nacional.
O puede comenzar a construir su propia Presidencia, incluso, el hacerlo, implique romper algunos lazos comunicantes con López Obrador.
Porque seis años pasan rápido.
Y ningún presidente quiere terminar convertido en administrador del sexenio anterior.
Por ese motivo, es importante conocer el tamaño verdadero de la autonomía presidencial.
Y saber también la magnitud del retiro de López Obrador.
Porque quizá la batalla política más importante del nuevo régimen no ocurra entre Morena y sus adversarios.
Podría suceder dentro del movimiento.
Entre un expresidente convencido de que todavía tiene derecho de picaporte…
y una Presidenta obligada a demostrar que México no puede tener dos presidentes al mismo tiempo.
La ruptura sería costosa.
La sumisión, quizá más.
Entre el presidente que llega y el que se va, casi siempre se presentan circunstancias ríspidas.
Recordemos el:
¿Tú también, Luis?