Hay profesiones que exigen valentía. Pero hay una que, en demasiados países, reclama además estar dispuesto a morir: el periodismo.
Mientras el mundo observa con horror las guerras en Israel y Sudán, donde reporteros han perdido la vida entre bombardeos, fuego cruzado y violencia armada, existe una realidad igual de estremecedora que rara vez ocupa las primeras planas internacionales.
México, sin estar oficialmente en guerra, se ha convertido en uno de los países más letales del planeta para ejercer el periodismo.
La paradoja es brutal. Aquí no hacen falta trincheras ni misiles para silenciar una voz. Bastan la corrupción, la impunidad y el crimen organizado. Basta una cámara, un micrófono o una libreta que documenten aquello que algunos quieren mantener oculto.
Y dentro de esa tragedia nacional, Veracruz carga con una de las páginas más oscuras.
Durante años ha sido escenario de desapariciones, amenazas y asesinatos de periodistas.
En esa tierra, donde informar debería fortalecer la democracia, demasiadas veces ha significado firmar una sentencia de muerte.
Lo más alarmante no son únicamente las cifras. Lo verdaderamente devastador es la costumbre. Nos hemos familiarizado a leer que un periodista fue ejecutado.
Nos hemos habituado a las condenas en redes sociales, a los minutos de silencio y a las promesas oficiales de justicia que terminan archivadas entre expedientes olvidados.
La indignación dura apenas unas horas; la impunidad permanece durante décadas.
Cada periodista asesinado representa mucho más que una vida arrebatada. Es una investigación que nunca se publicó. Es una denuncia que quedó inconclusa. Es una comunidad que pierde el derecho a saber qué ocurre en su propio entorno. Cuando callan a un periodista, no solo matan a una persona: intentan asesinar el derecho de toda la sociedad a conocer la verdad.
Una democracia no puede presumirse sólida cuando quienes investigan el abuso de poder deben mirar constantemente por encima del hombro.
No puede hablarse de libertad de expresión mientras el miedo sea el editor más poderoso.
La violencia contra la prensa no distingue ideologías, gobiernos ni colores partidistas. Es un atentado contra la esencia misma de una sociedad libre. Porque el silencio impuesto por las balas siempre beneficia a quienes viven de la corrupción, de la impunidad y del abuso.
México no debería figurar junto a naciones devastadas por conflictos armados en las listas de los lugares más peligrosos de la tierra para ejercer el periodismo.
Mucho menos Veracruz debería seguir siendo sinónimo de miedo para quienes tienen el valor de contar la verdad.
Proteger a los periodistas no es un favor para el gremio; es una obligación del Estado y una necesidad de toda sociedad que aspire a vivir en libertad.
Porque el día que el último reportero decida callar por miedo, ese día habremos perdido mucho más que una voz: habremos perdido el derecho a conocer la verdad.
Imagen de portada:avozdelbuho ¿Quién protege a los periodistas en México… y por qué sigue siendo tan peligroso informar?