Entraron a la casa del fallecido exfiscal regional de Xalapa, Jaime Cisneros Gómez, y arrasaron con todo. Derribaron las rejas, rompieron los cristales, cortaron la energía eléctrica y retiraron las cámaras de vigilancia para dejar fuera de servicio las alarmas y el sistema de seguridad.
Ya dentro, recorrieron la vivienda se llevaron dos laptops, una computadora personal, ropa, perfumes, relojes y algunas botellas de licor del exfiscal.
No obstante, lo más inquietante ocurrió al interior del que fuera el despacho del exfiscal. El espacio fue saqueado por completo. Revisaron y removieron lo que encontraron a su paso, como si los responsables tuvieran un interés particular en documentos, archivos, memorias o información relacionada con los casos que el exfuncionario conoció durante su trayectoria.
Y ojo que hay un dato imposible de minimizar: esta sería la segunda vez que desconocidos entran al domicilio aparentemente en busca de algo más que objetos de valor.
Un ladrón común busca dinero y pertenencias que pueda vender rápidamente. Aquí, además de llevarse algunos artículos personales, los responsables inutilizaron cuidadosamente la seguridad de la vivienda y concentraron buena parte de sus acciones en el estudio y los equipos de cómputo del exfiscal.
No estamos frente a un hecho que deba reducirse a una cifra más en las estadísticas de robos. Se trata de una irrupción que lastima a una familia, vulnera la memoria de una persona fallecida y deja dudas demasiado graves como para ser ignoradas.
Las autoridades deben aclarar quién entró, cómo lo hizo y cuál era el verdadero propósito. Porque después de dos incursiones y del saqueo deliberado del estudio de un exfiscal, la pregunta ya no puede posponerse:
¿Qué buscan y quiénes lo están buscando?
