Los tratados no se suicidan. Los matan. Y esta semana, Marcelo Ebrard decidió ponerle nombre al sospechoso: Claudia Sheinbaum.
El excanciller, que conoce el T-MEC como quien se sabe los pasillos de su casa con los ojos cerrados, soltó el diagnóstico en corto: el fracaso del tratado lleva firma de Palacio Nacional. Traducido de diplomático a grilla: “yo lo firmé, ella lo rompió”.
El misil cayó justo cuando en Economía ya huele a incienso. Corre el rumor de la posible renuncia del secretario.
En el manual de la política mexicana eso no es renuncia, es sacrificio. Si se va, lo inmolan para calmar a Washington. Si lo sostienen, lo dejan como florero de un pleito que no empezó él. Pierde de todas formas.
Pero no nos hagamos: el T-MEC no se muere en una mañanera. Se muere a plazos. Murió un poco con la ley eléctrica. Murió otro tanto con el decreto del maíz transgénico. Agonizó con las reglas de origen automotriz y con cada “pausa” en la relación bilateral. Hoy solo le están leyendo el acta de defunción.
¿Qué gana Ebrard con el deslinde? Tiempo y coartada. Se separa del naufragio y le recuerda a Morena que él es el único que habla inglés de comercio sin traductor. Es su manera de decir “yo sí sé negociar, ellos no”. De paso, pavimenta su 2030. Porque en política, el que explica no es cómplice: es comentarista.
¿Qué pierde Sheinbaum? Narrativa. Cada minuto que se discute “quién mató al T-MEC” es un minuto que no se habla de nearshoring, de Tesla, de empleos. Y peor: confirma que su gabinete no toca la misma partitura.
Cuando el excanciller te enmienda la plana, el mensaje a Washington es uno solo: México no tiene director de orquesta.
¿Y el secretario de Economía?
Es el fusible. Si truena el T-MEC, su cabeza rueda. Si lo rescata, el mérito será de la presidenta. En la 4T, los técnicos ponen la cara y los políticos cobran la factura.
Mientras tanto, en Washington y Ottawa ya pidieron doble de palomitas. Un México dividido negocia de rodillas. Y cuando negocias de rodillas, el arancel no te lo ponen en el producto: te lo ponen en la soberanía. El próximo panel ya no será de energía. Será de debilidad.
El problema de fondo es brutal: sin T-MEC, no hay nearshoring. Sin nearshoring, no hay inversión. Sin inversión, no hay crecimiento. Y sin crecimiento, no hay mañanera que alcance para explicar el 2025.
Por eso, el supuesto pleito Ebrard-Sheinbaum no es grilla. Es economía. Es empleo. Es dólar a 22. Es la diferencia entre ser socio y ser patio trasero.
La pregunta ya no es quién tiene la razón. La pregunta es quién va a pagar la cuenta. Porque el T-MEC no perdona. Y Estados Unidos, en año electoral, menos.
Ante el rumor de su renuncia, el propio Marcelo Ebrard desmintió la versión.
Hoy viaja a Washington a seguir negociando el T-MEC”.