Pinocho no fue concebido solamente como un cuento infantil. La obra de Carlo Collodi, publicada en 1883, es una parábola moral sobre la mentira, la responsabilidad y la distancia entre lo que se promete y lo que se cumple.
La célebre nariz que crece cuando el muñeco miente no es un simple recurso cómico: simboliza que toda falsedad deja huella visible, aunque el mentiroso crea que nadie la nota.
Si Collodi viviera en el siglo XXI, quizá no escribiría sobre un muñeco de madera, sino sobre ciertos gobernantes de verbo revolucionario y práctica contradictoria. Porque hoy abundan los Pinochos de carne y hueso: políticos que hablan en nombre del pueblo mientras administran privilegios, que condenan la opulencia desde palacios oficiales, que prometen libertad mientras cercan instituciones, y que llaman “justicia social” a la perpetuación de sus camarillas.
La izquierda autoritaria latinoamericana ha perfeccionado una técnica antigua: manipular la lengua para dominar la realidad.
George Orwell ya advertía que corromper el lenguaje es un paso previo para corromper la política. No se dice censura: se dice “regulación”. No se dice dictadura: se dice “democracia popular”. No se dice fracaso económico: se dice “bloqueo”, “herencia neoliberal” o “guerra mediática”. La palabra deja de describir y comienza a encubrir.
Ahí está Fidel Castro, quien prometió elecciones libres y terminó instaurando un régimen de partido único por décadas. La revolución que juró emancipar al ciudadano lo convirtió en súbdito dependiente del Estado. Cuba exportó médicos y propaganda, mientras importaba silencios.
Luego apareció Nicolás Maduro, heredero de una retórica épica sostenida sobre anaqueles vacíos. En Venezuela, la “prosperidad socialista” produjo migración masiva, hiperinflación y represión. Cuando el pan desaparece, el discurso engorda.
Luiz Inácio Lula da Silva representa otro modelo: el populismo sofisticado, de traje planchado y narrativa sindical. Su habilidad retórica le permitió vender como redención moral proyectos atravesados por escándalos de corrupción que sacudieron a Brasil. El carisma no absuelve los expedientes.
Gustavo Petro ofrece la versión intelectualizada del desorden. Mucha arenga, mucha tesis, mucho enemigo imaginario. Cuando la realidad fiscal incomoda, siempre aparece un culpable externo. La ideología suele ser refugio de administraciones deficientes.
Daniel Ortega ya ni siquiera finge. Antiguo revolucionario convertido en caudillo familiar persigue opositores en nombre de la paz y encarcela disidentes en nombre de la soberanía. Es el Pinocho que perdió la vergüenza y presume la nariz cada vez más larga.
Y en México, Claudia Sheinbaum enfrenta la tentación clásica del poder heredado: repetir slogans como si fueran datos. Cuando la violencia crece, “va bajando”. Cuando los servicios fallan, “se transforman”. Cuando hay críticas, “son campañas”. La semántica oficial pretende derrotar a la estadística.
Goebbels, propagandista del nazismo, es asociado con la idea de que una mentira repetida muchas veces termina pareciendo verdad. Sin necesidad de citarlo como oráculo, basta observar la historia: la propaganda insiste hasta cansar al ciudadano. Y cuando el ciudadano se fatiga, la mentira gana terreno.
También se atribuye a Margaret Thatcher una frase dura sobre el comunismo y la mentira política. Más allá de la cita exacta o apócrifa, el punto permanece: todo poder sin contrapesos degenera, sea rojo, azul o tricolor. La corrupción no tiene ideología fija; solo cambia de bandera.
Los nuevos Pinochos de carne y hueso no necesitan que les crezca la nariz. Tienen asesores, bots, cadenas nacionales y ejércitos digitales que les lijan la madera cada mañana. Pero la realidad, terca como siempre, termina cobrando factura: inflación, pobreza, violencia, fuga de talentos, instituciones erosionadas.
Collodi enseñó que Pinocho solo se vuelve humano cuando deja de mentir, trabaja y asume responsabilidad. Tal vez esa sea también la ruta de nuestras repúblicas: menos relato, más verdad; menos consigna, más resultados; menos muñecos parlantes y más servidores públicos. Porque cuando la política vive de la mentira, la nación entera termina hecha de aserrín.
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