octubre 27, 2026

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Lo que ganamos cuando nos equivocamos

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Hay frases que, por sencillas que parezcan, nos obligan a detenernos. Hace poco, en una reunión de amigos, uno de ellos pronunció una que me llamó especialmente la atención: “No puede haber errores sin ganancias”.

De entrada, parece una afirmación demasiado optimista. Todos sabemos que hay errores que duelen, cuestan y dejan consecuencias que pueden acompañarnos durante años.

Al escucharla recordé una columna que publiqué en mayo, “Los errores no forzados”, donde reflexionaba sobre aquellas equivocaciones que cometemos no por falta de capacidad, sino por descuido, precipitación o por no detenernos a pensar.

Sin embargo, incluso detrás de una mala decisión puede existir una posibilidad de aprendizaje. Quizá ahí esté la verdadera ganancia: no en habernos equivocado, sino en lo que somos capaces de aprender después.

Desde pequeños nos enseñan a evitar los errores. En la escuela se premia la respuesta correcta y se señala la equivocada. En el trabajo procuramos no fallar y en la vida buscamos tomar las mejores decisiones. Así terminamos confundiendo equivocarnos con fracasar.

Pero la vida real no funciona de esa manera.

Buena parte de lo que hoy sabemos lo aprendimos después de tropezar. Aprendimos a confiar después de haber confiado en quien no debíamos; a cuidar una amistad después de perder alguna; a administrar nuestro dinero después de una mala decisión; a escuchar cuando descubrimos que nuestras palabras también pueden lastimar.

Y muchas veces aprendimos a valorar a las personas cuando comprendimos que su presencia no era para siempre.

El verdadero problema sería equivocarnos y no aprender nada.

Porque un error, por sí mismo, no nos hace mejores. Repetirlo sin reflexionar difícilmente puede llamarse aprendizaje. La ganancia aparece cuando nos detenemos, reconocemos lo ocurrido y nos preguntamos con sinceridad: ¿qué me está enseñando esto?

A nadie le gusta admitir que juzgó precipitadamente, hirió a alguien, perdió una oportunidad o eligió un camino equivocado. Nuestro orgullo suele invitarnos a justificar lo sucedido o a buscar responsables fuera de nosotros.

Sin embargo, reconocer un error no nos hace menos valiosos. Puede ser, por el contrario, una de las expresiones más profundas de madurez. Y cuando hemos lastimado a alguien, aprender también exige pedir perdón y, hasta donde sea posible, reparar el daño.

Con los años cambia nuestra manera de mirar el pasado. Algunas decisiones que lamentamos terminaron llevándonos hacia personas, lugares o aprendizajes que jamás habíamos imaginado.

Eso no significa romantizar el dolor ni justificar nuestras malas decisiones. Tampoco todos los errores dejan una recompensa visible. Significa comprender que, aun de aquello que salió mal, podemos rescatar una enseñanza para vivir mejor.

La experiencia nos recuerda que la vida rara vez avanza en línea recta. Está hecha de intentos, aciertos, equivocaciones, correcciones y nuevos comienzos.

Cada caída puede enseñarnos dónde estaba la piedra. Cada pérdida puede recordarnos qué era importante. Cada fracaso puede invitarnos a revisar nuestras prioridades. Y cada error puede convertirse en una brújula para no recorrer nuevamente el mismo camino.

Tal vez vivir no consista en alcanzar una existencia perfecta, sino en procurar que cada experiencia, buena o mala, deje algo valioso en nosotros.

Porque los errores no siempre nos hacen mejores. Lo que verdaderamente nos transforma es la humildad de reconocerlos, la responsabilidad de corregirlos y la disposición de aprender.

Quizá entonces entendamos aquella frase: “No puede haber errores sin ganancias”.

Siempre y cuando estemos dispuestos a descubrir cuál fue la ganancia.

gerardolunadar2013@gmail.com

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