septiembre 14, 2026

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“La obesidad no es cuestión de talla, es cuestión de vida”

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Hace algunos días acudí a  consulta con mi médico endocrinólogo, vi un letrero que decía: “La obesidad no es cuestión de talla, es cuestión de vida”.

La frase me llamó la atención porque no hablaba de belleza, ropa ni apariencia. Hablaba de algo mucho más profundo: la vida.

Recordé entonces una columna que publiqué hace tiempo, La importancia de levantarse temprano. No era una invitación a madrugar, sino a aprender a levantarnos temprano de la mesa, a detenernos antes del exceso y comprender que muchas veces la salud se construye —o se deteriora— en pequeñas decisiones cotidianas.

Sin embargo, hoy entiendo que la obesidad es mucho más compleja que simplemente comer demasiado.

Durante años la hemos observado desde el espejo y no desde la salud. La hemos convertido en cuestión de tallas, fotografías, apodos y comentarios incómodos. Incluso llegamos a pensar que quien vive con obesidad carece de voluntad.

Pero detrás de cada cuerpo existe una historia.

Intervienen factores genéticos, metabólicos y emocionales, hábitos alimenticios, falta de movimiento, estrés, sueño insuficiente, medicamentos y circunstancias sociales. Por eso, juzgar resulta sencillo; comprender exige humanidad.

Las palabras también pesan. A veces más que los kilos.

Una burla en la infancia, un apodo familiar o una frase humillante pueden permanecer durante años. La vergüenza no cura. Pero comprender tampoco significa negar una realidad: la obesidad puede afectar seriamente nuestra salud.

No se trata de perseguir un cuerpo perfecto, sino de proteger el único cuerpo con el que recorreremos toda nuestra existencia.

Hace unos días escuché una entrevista de Pablo Motos al reconocido cardiólogo Valentín Fuster, que cuidado, la salud de el ex Presidente George Bush  y el Dalai Lama. En un momento de la conversación, le preguntó qué podía descubrir al observar el corazón abierto de un paciente en una cirugía. Fuster explicó que muchas veces podía advertir si aquella persona había hecho ejercicio durante su vida: el corazón y las arterias conservaban las huellas de sus hábitos.

Aquella respuesta me hizo pensar en algo profundamente sencillo: nuestro cuerpo tiene memoria.

El cuerpo va tomando nota.

Silenciosamente.

Y con los años aparecen los resultados.

Eso sucede también fuera de la medicina. Una buena amistad se construye con pequeños gestos. Un matrimonio sólido necesita respeto cotidiano. Una carrera profesional exige preparación y constancia.

Con frecuencia queremos grandes resultados mientras menospreciamos los pequeños hábitos.

Queremos salud, pero no nos movemos.
Queremos tranquilidad, pero vivimos acelerados.
Queremos relaciones fuertes, pero no dedicamos tiempo.
Queremos cambiar nuestra vida haciendo exactamente lo mismo.

Los hábitos son discretos. No transforman nuestra existencia de un día para otro, pero poco a poco construyen nuestro futuro.

Por eso, frente a la obesidad tampoco sirven las condenas. El cambio comienza con decisiones posibles: acudir al médico, conocer nuestros indicadores de salud, mejorar gradualmente la alimentación, caminar según nuestras posibilidades, descansar mejor y atender nuestras emociones.

Cuidarnos no debe nacer del desprecio hacia nuestro cuerpo, sino del respeto.

No desde el “no me gusto”, sino desde el “quiero estar bien, quiero cuidarme y deseo vivir”.

La obesidad no es cuestión de talla. Es cuestión de vida.

Y la vida, tarde o temprano, nos recuerda una verdad sencilla: no improvisa resultados, cosecha hábitos.

La verdadera pregunta es:

¿Qué estoy haciendo hoy para construir mi futuro?

Porque al final, el cuerpo recuerda, los hábitos dejan huella y la vida no miente.

gerardolunadar2013@gmail.com

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