agosto 25, 2026

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La Mujer Dormida de Juan Rulfo

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Hoy no escribiré de violencia.

Ni de esa inseguridad que se ha instalado en demasiados rincones de nuestro querido México, como si fuera parte inevitable del paisaje.

Tampoco hablaré de listas negras de periodistas y “comentócratas”; ni de  Rocha Moya; ni de la tan llevada y traída visa de “Andy” López.

Mucho menos del poder que, según sus críticos, todavía se ejerce desde Palenque sobre Palacio Nacional, ni de las versiones que hablan de fracturas entre el expresidente López Obrador y el nuevo centro del poder político.

No.

Hoy vale la pena cambiar el ruido de la política por el silencio de la literatura.

Y pocos escritores mexicanos comprendieron el silencio como Juan Rulfo.

La razón es Cien años con Juan Rulfo, el documental dirigido por Juan Carlos Rulfo, hijo del escritor, concebido en el marco del centenario del nacimiento de uno de los autores fundamentales de la literatura mexicana del siglo XX.

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno nació el 16 de mayo de 1917. El mundo terminó conociéndolo simplemente como Juan Rulfo.

Dos palabras bastaron.

Como también bastó una obra sorprendentemente breve para alcanzar la universalidad.

El Llano en llamas, publicado en 1953, reunió los cuentos con los que Rulfo construyó un territorio literario poblado por campesinos, muertos, culpas, silencios, violencia y una tierra que parece hablar.

Dos años después apareció Pedro Páramo.

Y Comala entró para siempre en la geografía de la literatura universal.

Rulfo demostró algo que las universidades estudian y los escritores persiguen: la trascendencia literaria no se mide por el número de páginas publicadas, sino por la profundidad de la huella que dejan.

Gabriel García Márquez quedó deslumbrado.

El Premio Nobel colombiano llegó a considerar Pedro Páramo “la novela más bella que se ha escrito desde el nacimiento de la literatura en español”.

No era un elogio menor.

Gabo, figura clave en el auge del llamado Realismo Mágico, reconocería también el profundo impacto que produjo en él la lectura de Rulfo.

Hay autores que escriben libros y otros, mucho más escasos, que modifican la manera en que los demás escritores entienden la literatura.

Rulfo perteneció a estos últimos.

LA MUJER DORMIDA

Entre los testimonios alrededor de su figura sobresale el del escritor chiapaneco Eraclio Zepeda Ramos, extraordinario narrador oral, cuentista y hombre de una cultura desbordante.

Zepeda recordaba una conversación con Rulfo acerca del ascenso al Iztaccíhuatl.

Pero Rulfo no describía simplemente una montaña.

Describía una mujer.

Según la evocación de Zepeda, Rulfo le aconsejaba iniciar el recorrido antes del amanecer. El ascenso comenzaría por la cabellera de aquella gigantesca figura tendida sobre el horizonte; después vendría la frente, más adelante el rostro y el cuello.

El caminante continuaría entonces sobre el cuerpo de la Mujer Dormida hasta alcanzar sus senos y, finalmente, el pubis, convertido en el relato en sitio de descanso antes de emprender el descenso.

No era una explicación de alpinismo.

Era literatura hablada.

Era Rulfo.

La geografía dejaba de ser geografía.

La montaña adquiría cuerpo.

Las pendientes se transformaban en anatomía; el relieve, en sensualidad; la nieve, el silencio y la roca componían la figura de una mujer recostada bajo el cielo del Valle de México.

Y entonces aparece una de las reflexiones más hermosas de Zepeda sobre aquella conversación: nunca había conocido —recordaba— a un amante tan preciso de la Mujer Dormida como Juan Rulfo.

Ahí está, probablemente, la verdadera dimensión de la anécdota.

Porque Rulfo miraba aquello que todos podían ver, pero encontraba lo que los demás no alcanzaban a mirar.

Millones han contemplado el Iztaccíhuatl.

Rulfo contemplaba una mujer.

Donde otros observaban piedra, él encontraba piel.

Donde había una cordillera, descubría un cuerpo.

Donde la ciencia describe altitud, relieve y formación geológica, el escritor encontraba sensualidad, misterio y belleza.

Ese mecanismo intelectual —la capacidad de transformar la realidad mediante el lenguaje— constituye precisamente una de las grandes virtudes de la literatura.

EL PODER DE DECIR POCO

Quizá por eso Juan Rulfo sigue fascinando.

Porque escribió poco y dijo muchísimo.

Su literatura está construida tanto con palabras como con silencios. Sus personajes hablan desde pueblos abandonados, desde caminos polvorientos, desde recuerdos, culpas y tumbas. En Pedro Páramo, incluso los muertos conservan voz.

Rulfo convirtió el México rural, áspero y aparentemente periférico en materia universal.

No necesitó grandes ciudades.

No necesitó palacios.

No necesitó héroes.

Le bastaron el polvo, la memoria, la muerte, el campo y las voces de quienes parecían condenados a no ser escuchados.

Por eso su literatura continúa viva.

Y por eso resulta particularmente valioso regresar a Cien años con Juan Rulfo, documental realizado en 2017 y dirigido por su hijo, Juan Carlos Rulfo, que recupera testimonios y reflexiones en torno a la vida y obra del escritor.

En tiempos dominados por la velocidad, las redes sociales, la estridencia política y la necesidad compulsiva de opinar sobre todo volver a Juan Rulfo, constituye casi un ejercicio de higiene intelectual.

Porque Rulfo pertenecía a otra estirpe.

La de quienes observaban mucho antes de hablar.

La de quienes podían permanecer en silencio durante horas y, llegado el momento, pronunciar unas cuantas palabras capaces de construir un universo.

Hoy decidí no escribir sobre políticos.

Mañana habrá tiempo para regresar a ellos.

Seguramente nos darán material.

Siempre lo hacen.

Hoy prefiero quedarme mirando hacia los volcanes.

Porque después de escuchar aquella historia atribuida a Juan Rulfo, quizá resulte imposible volver a contemplar el Iztaccíhuatl simplemente como una montaña.

Allá arriba permanece ella.

Acostada.

Inmensa.

Silenciosa.

Sensual.

Cubierta por las nubes y vigilando desde hace siglos el Valle de México.

La Mujer Dormida.

Y quizá ese sea uno de los secretos de la literatura:

hacer que después de leer —o escuchar— a un gran escritor, nunca volvamos a mirar el mundo de la misma manera.

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