julio 16, 2026

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La dignidad no se negocia

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La muerte y el abuso de 17 connacionales bajo la política migratoria de Estados Unidos no es un accidente administrativo ni un exceso menor, es un recordatorio brutal de que, cuando un Estado tolera el maltrato de personas migrantes, erosiona el fundamento mismo de los derechos humanos. Para México, el asunto no puede reducirse a una disputa consular; exige una respuesta de Estado, firme, documentada y sostenida.

Lo que está en juego no es solo la suerte de esas 17 víctimas y sus familias. Está en juego la capacidad de México para proteger a sus nacionales más allá de sus fronteras, la credibilidad de su política exterior y el mensaje que envía al mundo sobre el valor que otorga a la vida y a la integridad de sus ciudadanos.

México tiene la Obligación de proteger, cuando hay indicios de violaciones graves a derechos humanos contra mexicanos en el extranjero, como en el caso de Lorenzo Salgado Araujo,  el Estado mexicano tiene el deber de actuar, investigar, acompañar a las víctimas, exigir responsabilidades y buscar reparación del daño. No hacerlo equivaldría a una forma de omisión y desinterés institucional. La diplomacia, en estos casos, no es cortesía; es defensa jurídica y política de los mexicanos.

Por eso, las denuncias formales ante autoridades estadounidenses y, en su caso, ante organismos multilaterales, son más que una reacción simbólica. Son instrumentos para dejar constancia de patrones de abuso, construir expediente, y abrir vías de presión internacional. En un contexto de endurecimiento migratorio, callar sería normalizar el abuso.

Las demandas en busca de justicia presentadas en jurisdicciones locales, estatales o federales de Estados Unidos pueden convertirse en el espacio donde se determine si hubo negligencia médica, uso excesivo de la fuerza, violaciones de procedimiento o incluso responsabilidad institucional. Ahí se juega una parte esencial del caso, que el problema no se trate como una tragedia aislada, sino como posible patrón de conducta.

Si esas demandas prosperan, el efecto puede ir más allá de la indemnización. Pueden obligar a revisar protocolos, reforzar supervisión, y sobre todo garantizar el respeto a la vida y a los Derechos Humanos, transparentar detenciones y limitar prácticas abusivas en centros migratorios. En otras palabras, el litigio no solo busca castigo, busca frenar los excesos.

La tensión diplomática entre México y Estados Unidos es inevitable cuando la defensa de derechos humanos se cruza con una política migratoria de mano dura. Pero esa tensión no debe leerse como ruptura automática. Bien manejada, puede convertirse en una palanca para abrir canales de negociación, exigir rendición de cuentas y colocar la protección consular en el centro de la relación bilateral.

El problema es que la presión diplomática solo funciona si es persistente y coherente. Una protesta aislada sirve poco; una postura sostenida, respaldada por evidencia y por consenso político interno, sí puede elevar el costo de la impunidad. En este terreno, México no debería actuar con timidez.

Las movilizaciones de mexicanos en Estados Unidos pueden ser decisivas. Visibilizan los casos, humanizan a las víctimas y desmontan la narrativa que reduce la migración a un asunto de seguridad. Cuando la comunidad se organiza, también genera redes de apoyo legal, presión mediática y costos políticos para autoridades locales y federales.

No se trata solo de marchas o consignas. Se trata de una forma de ciudadanía transnacional que interpela al poder allí donde más le duele: en la opinión pública, en los congresos locales, en los tribunales y en el costo electoral de sostener abusos. La protesta organizada puede no cambiarlo todo de inmediato, pero sí puede mover la frontera de lo tolerable.

El mayor peligro es que estos hechos se vuelvan rutina. Si la muerte de migrantes mexicanos bajo custodia se percibe como un daño colateral aceptable, entonces el sistema ha fallado en su dimensión más elemental. La política migratoria no puede medirse solo por deportaciones, detenciones o cifras de control, sino por su respeto a la vida.

Por eso, el debate no debería ser si México “debe intervenir”, sino cuán lejos está dispuesto a llegar para defender a sus connacionales. La respuesta correcta no es el silencio prudente ni la protesta retórica, sino una estrategia integral: jurídica, diplomática, consular y social.

México y la Presidenta Claudia Sheinbaum tiene razón al elevar la voz. Defender a sus migrantes no significa confrontar por capricho a Estados Unidos, sino exigir algo básico, que ninguna autoridad, por poderosa que sea, quede por encima de la dignidad humana. Si hay abuso, debe haber investigación; si hay responsabilidad, debe haber sanción; si hay dolor, debe haber reparación.

La lección de fondo es simple y difícil a la vez. Un país se mide también por la manera en que protege a sus ciudadanos cuando están lejos de casa. Y en ese examen, México no puede darse el lujo de fallar.

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cacostabravo@yahoo.com.mx

Maestro en Comunicación por la Universidad Iberoamericana. Formó parte  del cuerpo académico de la Licenciatura en Comunicación en esa institución, así como de la Universidad Anáhuac, campús norte.

Imagen de portada: Expansión///Deterioro de la relación entre México y Estado Unidos es el mayor riesgo para el país

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