octubre 7, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia no puede esperar…

Home » La Catrina que Misantla no quiere olvidar

La Catrina que Misantla no quiere olvidar

Compartir:

Muchas historias empiezan casi sin que nadie se dé cuenta, sin grandes presupuestos, ni escenarios monumentales, ni maquinaria pesada. A veces solamente necesitan un grupo de jóvenes con una idea, un poco de entusiasmo y las ganas de hacer algo diferente, así comenzó, allá por 2010, una historia que hoy forma parte de la identidad de Misantla, la historia de nuestras Catrinas.

Recuerdo aquellos primeros años a jóvenes misantecos que decidieron organizar un festival diferente, entre ellos estaban Marco Antonio Domínguez, Heber Carballo Salazar y Nicolás Zorrilla, además de otros nombres que seguramente mi memoria de reportera irá recuperando. Conformaron el Comité Festival de catrinas que convocó a un desfile por las calles de Misantla, con una característica, irían vestidos de catrina y había un jurado que decidiría quién ganaba el primer lugar, el cual recibiría un premio económico.

La convocatoria reunió entonces a unos 40 participantes y aquella primera edición tuvo como ganadora a Ana María Marín, caracterizada como la Catrina Garbancera de José Guadalupe Posada, aquella figura que con el tiempo Diego Rivera llevaría a su representación de cuerpo entero y que terminaría convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de la cultura mexicana.

Para Misantla aquello era novedoso, extraño, bonito, divertido y, sobre todo, nuestro. En aquellos años, cuando llegaba el Día de Muertos, quizá la referencia más cercana que teníamos era Naolinco y su tradicional Cantada, con sus habitantes recorriendo las calles y llegando hasta el panteón para cantarle a sus muertos. Pero aquí comenzaba a ocurrir otra cosa. Las calles del centro empezaron a llenarse de rostros pintados, vestidos, sombreros, maquillajes y personajes que salían de la imaginación de los misantecos.

Y la gente respondió, el desfile creció, ya no eran solamente quienes competían: familias enteras comenzaron a disfrazarse, los comercios se sumaron, las calles se llenaron de visitantes y Misantla descubrió que también podía convertir una tradición ancestral en una fiesta capaz de convocar a propios y extraños. Y mientras aquello sucedía, ahí estuvo El Chiltepín, acompañando desde el principio, difundiendo las convocatorias, cubriendo los desfiles y guardando en sus páginas y en su archivo fotográfico una memoria que hoy nos permite volver la mirada hacia aquellos años. Muchas de aquellas imágenes permanecen en nuestros archivos impresos y digitales como testimonio de cómo fue creciendo una fiesta que, sin darnos cuenta, se estaba convirtiendo en parte de nuestra historia.

En 2018 ocurrió otro momento importante. El comité que durante aquellos primeros años había puesto el corazón y el esfuerzo para organizar el festival decidió entregar la responsabilidad al Ayuntamiento que encabezaba Othón Hernández Candanedo. Aquella administración llevaba entre sus propuestas hacer de Misantla un destino turístico y la fiesta de Todos Santos encontró allí una nueva dimensión. Fue entonces cuando apareció la Catrina Monumental, esa enorme figura que comenzó a mirar desde las alturas y que terminó convirtiéndose en una postal de Misantla. A su alrededor crecieron los altares monumentales, las pequeñas catrinas que comenzaron a adornar los comercios, los cráneos gigantes y toda una escenografía que transformó nuestro centro histórico durante esos días.

Y detrás de esa Catrina hay otra historia que tampoco debemos olvidar. La de Martín Rodríguez Domínguez, artista plástico que durante estos años ha dado vida a esa monumental figura, acompañado por herreros, soldadores, costureras, electricistas, artistas y muchos hombres y mujeres que convierten materiales, estructuras y telas en una criatura que parece cobrar vida cuando se encienden sus luces. Yo he visto la dimensión de esa tarea. He visto la parafernalia necesaria para colocar una estructura de más de 30 metros y, particularmente, para llevar hasta lo alto ese enorme sombrero que forma parte de su identidad. Lo que el visitante ve durante unos minutos como espectáculo, detrás tiene días y noches de trabajo, ingenio y manos misantecas.

Aquella fiesta llegó a tener una enorme resonancia. Misantla apareció en medios de comunicación y recibió visitantes de distintos lugares del país. Pero las tradiciones también pueden perder fuerza cuando dejan de cuidarse. Después de aquella administración, el desfile comenzó a desdibujarse. La organización y la logística dejaron de tener la fuerza de los primeros años y poco a poco aquella fiesta que había llenado nuestras calles fue perdiendo presencia, hasta dejar de realizarse durante los dos últimos años. La Catrina Monumental continuó instalándose gracias al empeño de Martín y su equipo, pero el espectáculo alrededor de ella ya no tuvo aquella dimensión que alguna vez hizo voltear los ojos hacia Misantla.

Por eso hoy me llama particularmente la atención la convocatoria lanzada por el Ayuntamiento que encabeza el Químico René Omar Jaén Domínguez. Porque más allá de los más de 90 mil pesos que se anuncian en premios, de las categorías infantil, libre y de Catrina, hay algo que me parece todavía más importante: la intención de volver a hacer de la Catrina una fiesta de todos. Y hay un detalle que me gusta especialmente: la incorporación de la categoría Nuestras Comunidades, porque nuestras tradiciones no viven solamente en el centro de Misantla; también viven en cada localidad, en cada familia y en cada comunidad donde alguien conserva una costumbre y la convierte en una forma de recordar a sus muertos.

La convocatoria anuncia que el Festival Todos Santos Misantla 2026 se realizará del 23 de octubre al 3 de noviembre y que el Concurso de Catrinas y Calaveras tendrá lugar el 31 de octubre. Y mientras leo esas fechas, inevitablemente regreso a aquella primera convocatoria de 2010. Pienso en aquellos jóvenes que quizá nunca imaginaron hasta dónde llegaría su idea, en Ana María Marín con aquella primera Catrina, en las fotografías que guarda El Chiltepín, en todos los que durante estos años se han maquillado, vestido, caracterizado y salido a caminar nuestras calles. Y pienso también en la enorme Catrina que durante ocho años ha vuelto a levantarse sobre Misantla, gracias a las manos de Martín Rodríguez Domínguez y de todos quienes hacen posible su aparición.

Porque hay tradiciones que empiezan siendo de unos cuantos, y terminan perteneciendo a todos, creo que eso ocurrió con nuestra Catrina y el desfile.

La Catrina ya no es solamente una figura de papel, hierro, luces y pintura. Es memoria, es identidad, es una fotografía guardada en un archivo, el recuerdo de una noche de octubre o noviembre. El niño que mira hacia arriba y pregunta cómo hicieron para ponerle aquel sombrero, es la mujer que durante horas se maquilla para convertirse en Catrina. El comerciante que adorna su negocio, el visitante que llega buscando aquello que alguna vez vio en una fotografía. Y también es la vieja reportera que, desde las páginas de El Chiltepín, tuvo el privilegio de verla nacer, crecer, hacerse grande… y que ahora quiere volver a verla caminar por nuestras calles.

Este año la expectativa del Desfile de catrinas, se siente distinta. Porque Misantla no solamente quiere un concurso, quiere recuperar una fiesta que ya siente suya, y cuando un pueblo decide volver a mirar sus tradiciones, está diciéndonos algo más profundo: que hay cosas que no deben morir, ni siquiera cuando se trata de celebrar a nuestros muertos.

Yo que llevo tantos años contando las historias de este pueblo, solamente puedo decirlo así: Bienvenida de vuelta, Catrina, Misantla te estaba esperando. Este año, después de tantos años de mirarte desde el otro lado de la cámara, de escribir sobre ti, de fotografiarte y de guardar tu historia en las páginas de El Chiltepín, me toque hacer algo diferente.

Este 2026 quiero ponerme el antifaz, pintarme el rostro y caminar contigo, quizá entre tantas Catrinas, Diacrónico deje por un momento la pluma, se ponga el antifaz y salga a caminar por las calles de Misantla, porque también quienes hemos contado la historia tenemos derecho, alguna vez, a formar parte de ella. Entonces ya no estaré solamente contando la historia, seré parte de ella.

Compartir: