Aunque partió hace dos años, su memoria sigue habitando entre nosotros con la misma fuerza de su amor, de su palabra y de su ejemplo.
Fue madre de once hijos, pero su corazón fue tan grande que alcanzó para muchos más. A lo largo de su vida sembró afecto, formó espíritus, alentó vocaciones y dejó en cada persona que la conoció una enseñanza, una caricia del alma o una palabra luminosa.
Fue declamadora y formadora de grandes declamadoras y declamadores de México. En ella, la voz no era solo arte: era pasión, disciplina, sensibilidad y verdad.
Su vida fue un poema de lucha, de trabajo y de amor.
Y quienes tuvimos el privilegio de conocerla supimos que estábamos ante una mujer excepcional, de espíritu grande, de corazón generoso y de presencia inolvidable.
Hoy la recordamos con amor, con gratitud y con una emoción que no termina.
Solo podemos decirle:
Gracias, madre, por tu ejemplo de vida.
Te amo para siempre.
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