mayo 14, 2026

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Flores para mamá…  ¿o un asalto con envoltura brillante?

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No importa cuántos problemas haya, cuánto debemos o qué tan complicada está la vida, el 10 de mayo siempre aparece esa necesidad casi automática de llegar con flores, comida o algún detalle para felicitar a mamá, es un ritual nacional. Una tradición profundamente emocional. Y quizá por eso mismo hay quienes aprovechan la fecha para cometer auténticos atracos sentimentales.

La conversación comenzó este martes al mediodía, mientras comía con mi mamá, dos días después del Día de la Madre, doña Alba me contó que el domingo por la mañana fue al mercado municipal para comprar flores para mi abuela y llevárselas al panteón. Nada ostentoso, solo un arreglo bonito, digno, de esos que todavía alcanzaban para emocionar sin necesidad de vender un riñón.

Pero grande fue su sorpresa cuando preguntó el precio de un arreglo floral “más o menos” y le dijeron, con toda la tranquilidad del mundo, que costaba dos mil pesos ¿Dos mil?

Mi madre, que tiene carácter para regalar y poca paciencia para los abusos, dice que por poco se “chonguea” con la dueña del local. Y no era para menos. Porque una cosa es aprovechar una temporada alta y otra muy distinta querer convertir tres flores y papel celofán en un artículo de lujo.

Siguió caminando entre los pasillos del mercado y la historia era prácticamente la misma: arreglos de 500, 400 o 300 pesos; los más modestos apenas bajaban de los 200, mientras que el más pequeño —casi simbólico— rondaba los 120 pesos.

Lo que terminó de escandalizarla fue descubrir que un solo girasol pequeño costaba 80 pesos, uno. A ese ritmo, pronto habrá que sacar crédito bancario para regalar flores el Día de las Madres.

Finalmente cruzó la calle y encontró otro negocio, fuera del mercado, donde los precios parecían más aterrizados y menos inspirados en la bolsa de valores. Ahí compró las flores para mi abuela y terminó el viacrucis floral. Cuando le pregunté por un amigo en común que vende arreglos, respondió tajante: —Ni le pregunté… no quería hacer más corajes.

Y entonces la conversación dejó de ser una simple anécdota familiar. La pregunta inevitable apareció sola: ¿Quién regula los precios en el comercio local?

Sí, entendemos perfectamente cómo funciona la oferta y la demanda. Nadie espera que las flores cuesten lo mismo un 10 de mayo que un martes cualquiera de octubre. Pero también existe una línea muy clara entre el incremento razonable y el abuso descarado.

En teoría, para eso existe la Procuraduría Federal del Consumidor, la famosa PROFECO, cuya función es proteger a los consumidores, vigilar prácticas abusivas y monitorear precios injustificados. En teoría.

Porque en Misantla y Martínez de la Torre no existe representación de PROFECO y eso, en términos simples, significa que el consumidor está prácticamente solo.

Mi madre incluso contó el caso de un muchacho que quiso comprar un arreglo para visitar a su mamá y terminó espantado cuando le dijeron que costaba ocho mil pesos ¿Ocho mil pesos?

Ni que las flores vinieran importadas desde Holanda y cuidadas personalmente por la realeza británica. El problema aquí no son las flores, es el oportunismo que florece alrededor de las emociones colectivas. Hay comerciantes honestos, sí, pero también hay quienes convierten las fechas especiales en temporadas de saqueo sentimental.

Porque explotan algo muy simple y nadie quiere llegar con las manos vacías a casa de mamá. Quizá ahí radica el verdadero negocio, no venden flores, venden culpa, presión social y afecto empaquetado. Revelan el oportunismo disfrazado de emprendimiento, pues hay quienes ven fechas sensibles no como celebraciones, sino como temporadas de cacería.

Y lo más triste es que siempre terminamos pagando los mismos: los hijos que quieren llevar un detalle, las madres que compran para las abuelas, la gente sencilla que solo intenta cumplir con el ritual emocional que este país nos enseñó desde niños. Porque en México el Día de las Madres no solo se celebra, se consume y a veces, también se saquea.

El Día de las Madres debería ser una celebración del cariño, no una prueba de resistencia financiera. Pero en México, hasta el amor entra en temporada alta.

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