octubre 21, 2026

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Estamos perdiendo el sentido de la educación

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Al afirmar que la época en que vivimos está perdiendo el sentido de lo que es educar, es porque debe quedar claro que esta pérdida puede dañarnos como sociedad. No me refiero únicamente a las escuelas. Claro que no. Pensar en la educación formal que se imparte en las escuelas como único escenario de este problema, sería como vislumbrar apenas la punta del iceberg, del cual sólo vemos entre un 10 y un 12 por ciento. 

Hoy en día, el entramado legal (a menudo falto de sentido común y de visión tanto pedagógica como jurídica) entorpece grandemente los procesos de formación de la niñez. En lugar de brindar herramientas para la resolución de conflictos, las normativas han burocratizado la labor docente, generando un clima donde el temor a incurrir en faltas administrativas paraliza la intervención educativa oportuna. A esto se suma el impacto de unas redes sociales que carecen de estímulos para el desarrollo del pensamiento crítico, así como la confusión que provocan los medios informativos que retuercen las noticias para servir a intereses personales, partidistas o mediáticos, alejándose por completo de la búsqueda de la verdad. 

En este mismo contexto, parece que una parte importante de la generación de padres con niños de entre 1 y 15 años ha perdido el sentido de educar. Frente a realidades como las familias desintegradas, las dinámicas laborales extenuantes y la comodidad de delegar la atención a las pantallas, el hogar ha dejado de ser el primer espacio de formación humana y ética. 

En cuanto a las escuelas, quizá vivan su peor momento. El contexto les ha inducido a olvidar la utopía del hombre moderno y su evolución. En artículos anteriores, he planteado varias preguntas sobre la educación actual en las escuelas: ¿En qué momento educar se ha convertido en delito? ¿Quién educa cuando la escuela tiene miedo de hacerlo? Y también he mencionado a la corresponsabilidad (gobierno-padres-maestros-sociedad) como la restauradora de la dignidad en el acto de educar. 

Respecto al entramado legal, ningún sistema educativo funcionará en su mejor nivel si está bajo sospecha de leyes que culpan sin sentido (derechos que no reconocen obligaciones son concepciones pervertidas de la legalidad de un acto), frente a padres irresponsables que exigen prebendas y atenciones incoherentes para sus hijos (el caso reciente de Martínez de la Torre), que deriva en una situación de indefensión de los docentes por las situaciones que provoca la interpretación sesgada de la ley y la falta de una visión integral en el marco jurídico educativo. 

La acción de la familia, como núcleo constitutivo de la sociedad, debe ser la de darle a la niñez bases sólidas para su formación, seguridad en sí mismos a través de la atención emocional para que aprendan a ser resilientes y toleren la frustración; valores para su comportamiento en el hogar y la sociedad; límites para que comprendan que la vida no inicia y termina en sus caprichos infantiles, hábitos de limpieza, orden, respeto y disciplina. Cuando menos. La familia pone las bases en la niñez desde la genética, las costumbres, la forma de resolver conflictos, la manera de enfrentar y comprender la vida. Es la primera gran escuela de todo ser humano.

Hogares con problemas significa una sociedad problemática. Niños abandonados en casa, sin límites de conducta, son niños conflictivos en la escuela. Hay omisión de los padres cuando una familia deja de proveer el cuidado, la protección, el afecto o las herramientas necesarias para el desarrollo integral de sus hijos. El peso de formar a un individuo no puede recaer exclusivamente en las instituciones, en leyes frías o en una escuela desbordada. Es urgente recuperar la perspectiva del tejido social, pues, como dicta la sabiduría milenaria, para educar a un niño se necesita la cooperación de toda la comunidad.

gnietoa@hotmail.com

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