abril 21, 2026

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Estados Unidos… DETESTA QUE LO DESAFÍEN

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La política exterior entre México y Estados Unidos atraviesa uno de esos momentos en los que la cortesía diplomática apenas alcanza para cubrir la desconfianza mutua.

En los grandes salones del poder se sonríe ante las cámaras, pero en los escritorios donde realmente se toman decisiones se acumulan reportes, memorándums y listas de agravios.

Así ha sido históricamente la relación entre ambas naciones: cercanía inevitable y tensión permanente.

La reciente Cuarta Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona, dejó señales que no pasaron inadvertidas en Washington.

Donald Trump —de regreso al centro del poder estadounidense— observa con especial atención a los gobiernos que, bajo el discurso de la paz, han mostrado simpatías o tolerancia hacia regímenes autoritarios como el cubano.

Para la visión de Donald Trump, no hay neutralidades inocentes: quien guarda silencio frente a las dictaduras, termina respaldándolas.

México aparece nuevamente en el radar. No sería la primera vez. Desde el siglo XIX, cuando la guerra de 1846-1848 fracturó el territorio nacional, hasta los conflictos petroleros de los años treinta con Lázaro Cárdenas, pasando por las presiones económicas del siglo XX y los debates migratorios del XXI, la relación bilateral ha estado marcada por asimetrías.

Estados Unidos suele actuar cuando percibe amenazas a sus intereses estratégicos. Y México, por geografía e historia, rara vez escapa de ese cálculo.

Trump insiste ahora en dos obsesiones que definen su narrativa: combatir al crimen organizado transnacional y contener a los gobiernos que considera enemigos de la libertad occidental.

En ese mapa caben Cuba, Venezuela, ciertos sectores de Colombia, la izquierda brasileña, la España de Sánchez y, por supuesto, México, donde Washington mira con preocupación el poder territorial de los cárteles y la ambigüedad política frente a algunos aliados ideológicos.

La presidenta mexicana, al insistir en una línea discursiva confrontativa, parece subestimar una constante histórica: a Estados Unidos no le agrada que se le desafíe públicamente mientras se depende económicamente de su mercado.

Más del 80 por ciento de las exportaciones mexicanas tienen como destino la Unión Americana. Millones de empleos nacionales están ligados a esa relación. Jugar a la retórica incendiaria puede satisfacer tribunas internas, pero suele tener costos externos.

Ya ocurrió antes. En 1914, tras el incidente de Tampico, vino la ocupación de Veracruz. En 1916, la Expedición Punitiva de Pershing penetró territorio mexicano para perseguir a Francisco Villa.

En décadas recientes, las presiones han llegado vía aranceles, certificaciones antidrogas, restricciones migratorias o amenazas comerciales. Washington cambia de métodos, no de objetivos.

Trump no necesita invadir ni gritar. Le basta con acechar. Con observar, calcular y esperar el momento preciso para imponer condiciones. Sanciones selectivas, presiones comerciales, revisión del T-MEC, ofensivas financieras contra redes criminales o mayor intervención en inteligencia son herramientas suficientes en el siglo XXI.

México haría bien en recordar una lección elemental de su historia diplomática: con Estados Unidos no basta la dignidad del discurso; se requiere inteligencia estratégica. Porque cuando el norte se impacienta, el sur siempre resiente las consecuencias.

Y hoy, Trump parece estar justamente en eso: al acecho.

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