agosto 18, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia no puede esperar…

Home » En gustos se rompen géneros

En gustos se rompen géneros

Compartir:

Hay una frase popular que hemos repetido durante generaciones: “En gustos se rompen géneros.”

La decimos casi siempre para explicar que aquello que a unos les encanta, a otros puede no decirles absolutamente nada; que lo que alguien considera hermoso, otro puede verlo común; que lo que para unos es agradable, para otros puede resultar incomprensible.

Y quizá ahí comienza una de las lecciones más sencillas, pero también más profundas, de la convivencia humana: no todos tenemos que pensar, sentir, vestir, creer, elegir o disfrutar de la misma manera.

Vivimos en una época en la que pareciera que constantemente queremos convencer al otro de que nuestros gustos son los correctos. Discutimos por música, comida, fútbol, política, religión, formas de vestir, lugares para viajar, maneras de educar e incluso por cosas tan simples como dónde tomar un café.

Nos cuesta aceptar que alguien pueda elegir distinto sin estar equivocado.

Sin embargo, la diversidad es precisamente una de las grandes riquezas de la vida.

Las diferencias nos obligan a mirar más allá de nosotros mismos.

Por eso esta frase, aparentemente ligera, puede llevarnos a hablar de algo mucho más importante: el respeto.

Respetar no significa necesariamente estar de acuerdo.

Esa distinción es fundamental.

Puedo no compartir tus gustos y, aun así, respetarlos. Puedo pensar diferente y escucharte. Puedo tener otras convicciones sin pretender imponerlas. Puedo incluso no comprender del todo tus elecciones y reconocer, al mismo tiempo, tu derecho a tenerlas.

Ahí aparece también la tolerancia.

Pero la verdadera tolerancia no consiste simplemente en soportar al otro con resignación. Es aprender a convivir reconociendo que nadie tiene el monopolio absoluto de la verdad, de la belleza o del buen gusto.

Con los años uno descubre algo curioso: muchas discusiones que alguna vez parecieron importantísimas terminan perdiendo sentido.

Aquella música que no soportábamos termina despertándonos recuerdos. Esas verduras cocidas que nuestra mamá nos daba cuando éramos niños y rechazábamos, con el tiempo terminan gustándonos. Algunos lugares que antes no nos interesaban después nos parecen maravillosos.

Incluso nuestros propios gustos cambian.

Y si nosotros mismos cambiamos, ¿con qué autoridad podríamos exigir que los demás permanezcan siempre dentro de nuestros parámetros?

Quizá cada uno de nosotros pueda hacer un pequeño ejercicio: pensar en alguna persona cercana que tenga gustos completamente distintos a los nuestros. Un amigo que escucha otra música, alguien de la familia que piensa diferente, un compañero que tiene otras costumbres. Y preguntarnos algo muy sencillo: ¿esa diferencia realmente nos impide querernos, respetarnos o caminar juntos? Probablemente descubriremos que no.

También debemos reconocer que existen límites. El respeto a los gustos personales no puede utilizarse para justificar aquello que lastima, humilla o vulnera la dignidad de otras personas.

La libertad siempre encuentra su frontera en la dignidad del otro.

Pero dentro de esa enorme diversidad que no provoca daño, deberíamos aprender a vivir con mayor ligereza.

Que alguien disfrute algo que nosotros no disfrutamos no representa ninguna amenaza.

Que alguien piense distinto tampoco disminuye necesariamente nuestras convicciones.

A veces, incluso, escuchar otros puntos de vista puede enriquecernos.

He aprendido que muchas amistades no se construyen porque las personas sean iguales, sino porque saben respetar sus diferencias.

Podemos sentarnos a la misma mesa sin pedir lo mismo.

Podemos caminar juntos sin mirar exactamente hacia el mismo lugar.

Podemos querernos profundamente sin coincidir en todo.

Eso también es madurez.

Quizá por eso el viejo dicho sigue teniendo tanta vigencia: “En gustos se rompen géneros.”

Nos recuerda que la vida tiene muchos colores y que cada persona contempla el mundo desde su propia historia, sus recuerdos, su educación, sus experiencias y sus afectos.

Y tal vez deberíamos preguntarnos menos por qué alguien piensa diferente y más por qué nos incomoda tanto que lo haga.

Porque convivir no significa uniformarnos.

Significa aprender a encontrarnos aun siendo distintos.

Al final, el respeto comienza cuando dejamos de exigir que el otro sea como nosotros.

Y quizá una sociedad verdaderamente madura no sea aquella donde todos están de acuerdo, sino aquella donde, aun en medio de sus diferencias, las personas saben escucharse, respetarse y caminar juntas.

Como ha expresado el Dalai Lama: “Nuestro propósito principal en esta vida es ayudar a otros. Y si no puedes ayudarles, al menos no les hagas daño.”

gerardolunadar2013@gmail.com

Compartir: