junio 10, 2026

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El Zorro, el Papa y quienes contamos la historia

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Confieso que cuando escuché el nombre de Antonio Banderas, no pensé en discursos, ni en encuentros con el Papa, ni en reflexiones sobre la cultura, pensé en El Zorro.

En aquel hombre de mirada profunda y sonrisa traviesa que cruzaba espadas con una elegancia imposible, mientras millones de mujeres alrededor del mundo suspirábamos frente a la pantalla. Recordé al actor que bailaba, cantaba y enamoraba en Evita, compartiendo escena con Madonna. Pensé en ese Antonio Banderas que convirtió el encanto en una forma de arte.

Muchos lo recordamos cruzando espadas como el Zorro, conquistando corazones en una California de ficción o cantando en las calles de Buenos Aires junto a Madonna en Evita. Sin embargo, esta semana Antonio Banderas no interpretó a ningún personaje. Se presentó ante el Papa como lo que realmente es: un artista convencido de que la cultura puede tender puentes donde la política y las ideologías suelen levantar muros.

Ahí en medio de la grey católica y con el aplauso no solo de los Cardenales que se encontraban al frente de este evento, sino de toda la feligresía, Banderas inició diciendo que hay encuentros que no se viven solo en el tiempo, sino en su significado y emocionado calificó la presencia del Papa en Madrid, como un gesto para construir puentes, no solo de concreto, sino de ideas, con arte, porque “el poder de la cultura se debe utilizar para unir a las personas”.

Sus lentes me recordaron el antifaz del Zorro, personaje inolvidable que marcó una época, mientras su voz se clavó  en mi oído “ la relación entre la iglesia católica y el arte no solo ha sido fructífera sino determinante, la iglesia ha sido el mayor productor del arte de la historia de la humanidad, la figura que atraviesa los siglos, los estilos, las culturas, la  más representada en la historia del arte, me atrevo a decirlo sin equivocarme es Jesucristo, el gran protagonista de la película de la vida …”

Mientras observaba el video de aquel encuentro y escuchaba arrobada la voz ronca de Banderas, pensé en cómo pasan los años. Los actores envejecen, los gobernantes cambian, los Papas llegan y se despiden, las generaciones se suceden unas a otras, sin embargo, siempre hay algo que permanece: la necesidad humana de contar historias.

Antonio Banderas lo ha hecho desde el cine. Otros lo hacen desde los escenarios, los libros o la música y algunos lo hacemos desde una libreta de apuntes, una cámara fotográfica, una computadora o una página de periódico.

Hace apenas unos días, en México se conmemoró el Día de la Libertad de Expresión. Una fecha que suele recordarnos derechos, obligaciones y obstáculos para el ejercicio periodístico, pero más allá de las ceremonias y los discursos oficiales, la fecha también invita a reflexionar sobre la responsabilidad de quienes narramos nuestro tiempo.

Alguien debe documentar las alegrías y las tragedias, registrar las decisiones que transforman comunidades enteras. Alguien debe conservar la memoria de los pueblos cuando el tiempo amenaza con borrarla. Ya que lo que hoy parece una noticia cotidiana, mañana será una referencia histórica. Lo que hoy se publica en una página digital o en un periódico impreso, algún día servirá para que nuevas generaciones comprendan quiénes fuimos, qué pensamos y cómo enfrentamos los retos de nuestra época.

Los años han pasado para Antonio Banderas, como han pasado para todos nosotros. El Zorro ya no enfrenta soldados corruptos en la pantalla grande, pero quizás hoy interpreta uno de los papeles más importantes de su vida: recordarnos que la cultura sigue siendo una de las pocas espadas capaces de abrir caminos sin herir a nadie.

Y mientras el actor español se confesaba ante el Papa, como “víctima del hechizo de Dios”; no podía evitar pensar en quienes, lejos de los reflectores, seguimos contando historias todos los días. Periodistas, cronistas, fotógrafos, escritores, comunicadores y ciudadanos que entienden que la memoria colectiva se construye con pequeños relatos cotidianos. Al final, la historia no comienza en los libros, comienza cuando alguien decide contar lo que está ocurriendo.

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