mayo 11, 2026

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El calendario del cinismo educativo

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“Que dice mi mamá que siempre no”. Así, con la misma seriedad con la que un niño corrige una travesura descubierta, el secretario de Educación Pública, Mario Delgado Carrillo salió este lunes a recular sobre el cambio del calendario escolar. Lo que hace apenas unos días era una decisión “técnica”, “responsable” y “necesaria”, ahora resulta que debe revisarse porque “México no cabe en un solo calendario”.

Vaya revelación. ¡Descubrimiento nacional!!

Después de décadas de centralismo burocrático, de calendarios uniformes impuestos desde un escritorio climatizado en la capital y de gobiernos que jamás entendieron las diferencias regionales del país, ahora descubrieron la diversidad climática, cultural y social de México. Apenas en 2026. Qué prodigio de iluminación política.

Pero detrás del discurso pseudo pedagógico de la Nueva Escuela Mexicana hay otra verdad menos elegante y mucho más terrenal: el gobierno teme el costo político de las movilizaciones magisteriales, particularmente de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación en Oaxaca y otras entidades del sur del país. El calendario escolar no se movió por el Mundial de futbol ni por la “salud emocional” de los docentes. Se movió porque el gobierno quiere evitar bloqueos, marchas, plantones y caos social durante un periodo políticamente delicado.

Lo demás es envoltura discursiva.

Porque si realmente les preocupara la calidad educativa, el debate no comenzaría por recortar días efectivos de clase, sino por responder preguntas incómodas: ¿por qué millones de niños siguen sin comprender lo que leen?, ¿por qué México continúa rezagado en matemáticas y ciencias?, ¿por qué las escuelas públicas carecen de infraestructura básica mientras el discurso oficial presume una transformación educativa inexistente?

La propia Ley General de Educación establece entre 185 y 200 días efectivos de clase. Y sí, puede debatirse si cantidad equivale a calidad. Desde luego que no. Francia y Bélgica, como menciona Mario Delgado, tienen menos días escolares y mejores resultados. Pero omite un pequeño detalle: allá existen sistemas educativos funcionales, infraestructura digna, formación docente sólida y políticas públicas estables. Aquí seguimos discutiendo si hay agua en los baños, techos sin goteras y electricidad en las aulas rurales.

Comparar a México con Bélgica en materia educativa es como comparar un triciclo oxidado con un tren europeo de alta velocidad.

Además, el secretario incurre en una contradicción monumental. Por un lado, sostiene que después del 15 de junio las escuelas caen en una “inercia burocrática” sin propósito pedagógico. Y tiene razón parcialmente. Pero si eso ocurre, entonces el problema no es el calendario: es la incapacidad institucional para darle contenido académico útil al cierre del ciclo escolar. El fracaso administrativo ahora quieren maquillarlo como innovación educativa.

La realidad es más cruda. La SEP lleva años atrapada entre la improvisación política, la presión sindical y el adoctrinamiento ideológico disfrazado de humanismo pedagógico. La llamada Nueva Escuela Mexicana todavía no logra demostrar resultados tangibles, pero sí ha conseguido convertir cualquier debate educativo en propaganda gubernamental.

Resulta incluso irónico escuchar al secretario hablar de “honestidad” y “humanismo” cuando la educación pública mexicana vive una de sus peores crisis estructurales. Según evaluaciones nacionales e internacionales, millones de estudiantes arrastran rezagos históricos agravados tras la pandemia. La deserción escolar continúa golpeando a las familias más pobres y la brecha educativa entre regiones sigue ampliándose.

Pero en lugar de asumir responsabilidades, el gobierno prefiere construir narrativas emocionales: que si la convivencia familiar, que si el calor en Sonora, que si la carga doméstica de las mujeres, que si el estrés docente. Todos son problemas reales, sí. Pero utilizados aquí como cortina de humo para ocultar la falta de planeación y la subordinación política de la educación a los conflictos gremiales.

Porque ése es el fondo del asunto: en México la educación dejó de ser prioridad académica para convertirse en moneda de negociación política.

Y mientras el gobierno improvisa calendarios, discursos y justificaciones, millones de estudiantes siguen atrapados en un sistema que presume inclusión mientras condena generaciones enteras a la mediocridad educativa.

La tragedia no es que cambien el calendario escolar; la tragedia es que quienes destruyeron la calidad educativa ahora quieran vender el desorden como si fuera pedagogía revolucionaria.

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