julio 11, 2026

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Déficits gemelos y el mito del T-MEC

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El proteccionismo es la forma en que un gobierno castiga a sus propios ciudadanos por los supuestos pecados de otros

Milton Friedman

La retórica proteccionista en Washington ha vuelto a encender los motores del debate comercial en América del Norte. Ni la algarabía de la Copa Mundial de Futbol contiene esta vorágine. La inminente revisión regulatoria del T-MEC sobre la mesa, la narrativa de la Casa Blanca insiste en colocar el déficit comercial bilateral —ese saldo negativo que hoy supera holgadamente los 80,000 millones de dólares— como la principal prueba de un tratado supuestamente asimétrico. 

Sin embargo, desde la rigurosidad de los negocios internacionales y la macroeconomía global, este diagnóstico no solo es erróneo; es una flagrante contradicción científica.

Para entender la coyuntura actual de la integración regional, es imperativo desempolvar la Hipótesis de los Déficits Gemelos. La teoría macroeconómica básica demuestra, a través de la identidad del ingreso nacional, que el balance de la cuenta corriente de un país es el reflejo inevitable de sus equilibrios internos.

Donde la brecha entre el ahorro y la inversión privada, sumada al balance fiscal del gobierno, determina matemáticamente el saldo comercial. Cuando una economía decide, de manera sistemática y estructural, gastar mucho más de lo que recauda, el agujero fiscal resultante debe ser financiado. Y en una economía globalizada, ese financiamiento solo llega por una vía, pidiendo prestado al resto del mundo, lo que se traduce de forma simétrica en un déficit comercial.

Aquí radica la gran paradoja de la actual política exterior estadounidense. Washington pretende resolver en las mesas de negociación del T-MEC, mediante el endurecimiento de reglas de origen automotrices o la amenaza de aranceles punitivos, un fenómeno cuyo origen está en las decisiones presupuestales de su propio Congreso. 

Estados Unidos opera con déficits fiscales históricos impulsados por agresivos paquetes de subsidios domésticos, gasto en defensa y recortes impositivos. Para financiar esta deuda, el Tesoro emite bonos que atraen capitales de todo el mundo, fortaleciendo al dólar y abaratando las importaciones de sus socios comerciales.

Por lo tanto, el superávit comercial de México no es el resultado de una ventaja artificial o de un marco normativo defectuoso; es el canal de transmisión natural que abastece la insaciable demanda de consumo e inversión de una economía estadounidense que produce menos de lo que gasta.

Pretender que la revisión del T-MEC corregirá este desequilibrio es ignorar cómo operan las cadenas globales de valor. Si las presiones arancelarias lograran contraer las exportaciones mexicanas, el déficit comercial estadounidense no disminuiría; simplemente experimentaría un efecto de sustitución, trasladándose hacia proveedores del sudeste asiático o la Unión Europea, probablemente con costos logísticos más elevados y una menor integración de componentes estadounidenses, principalmente si recordamos que cada dólar que México exporta a EE. UU. contiene cerca de 40 centavos de insumos producidos en territorio estadounidense.

Para las corporaciones y los estrategas de negocios internacionales, la lección de esta coyuntura es clara, la estabilidad del T-MEC corre el riesgo de verse comprometida por un chivo expiatorio político. 

México debe mantener una postura firme y sumamente técnica en las negociaciones, demostrando que el comercio bilateral no es un juego de suma cero, sino un mecanismo de eficiencia compartida. Mientras Washington no corrija sus propios desequilibrios fiscales, el déficit comercial persistirá, sin importar cuántas veces decidan reescribir las reglas del tratado.

Lo anterior atiende a la lógica económica, el mensaje político por la cancelación, es otro, y ese tema es ampliamente analizado por especialistas, solo queda esperar y observar hasta dónde llegará. 

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