mayo 19, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

DE GOLPE Y PORRAZO

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En los pasillos de Palacio Nacional se percibe un cambio en el semblante del poder. Del autoritarismo y la soberbia que los han caracterizado, se ha transitado al gesto adusto: enojo, preocupación, ceños fruncidos.

Donde antes había sonrisas confiadas, discursos triunfalistas y frases de desafío, hoy predominan las miradas tensas y el silencio incómodo.

El poder, cuando se siente invulnerable, suele hablar fuerte; cuando percibe peligro, aprende a callar.

Las recientes acusaciones y señalamientos provenientes de los Estados Unidos contra políticos mexicanos –presuntamente ligados al narcotráfico– no sólo golpean nombres específicos: colisionan la narrativa completa de un movimiento que construyó buena parte de su legitimidad bajo la promesa de una “transformación moral” de la vida pública nacional.

La preocupación visible en el círculo gobernante no es casualidad. Washington dejó de enviar mensajes diplomáticos ambiguos y comenzó a endurecer su lenguaje, sus investigaciones y sus advertencias.

La historia política mexicana demuestra que la relación con Estados Unidos nunca ha sido un asunto menor.

Desde la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas hasta las tensiones comerciales y de seguridad de las últimas décadas, ningún gobierno mexicano ha podido ignorar el peso político, económico y estratégico del vecino del norte. Mucho menos cuando la agenda principal gira alrededor del combate al crimen organizado, tema que hoy ocupa un lugar prioritario para la Casa Blanca y el aparato de seguridad estadounidense.

Por eso el nuevo rostro de la 4T refleja algo más profundo que simple desgaste político. Evidencia incertidumbre. Porque cuando las acusaciones dejan de ser rumores de sobremesa y se convierten en expedientes judiciales, listas de investigación y posibles sanciones internacionales, las consecuencias ya no son únicamente mediáticas. Se transforman en riesgos para la estabilidad económica, la inversión extranjera, la relación bilateral y la gobernabilidad interna.

La gran interrogante es cuál será el futuro de la 4T frente a este escenario.

El movimiento fundado por López Obrador llegó al poder con una fuerza social inédita y con una narrativa de ruptura histórica frente al viejo sistema.

Sin embargo, todo proyecto político enfrenta una prueba decisiva: sobrevivir al desgaste del poder sin convertirse en aquello que prometió combatir.

Ahí se encuentra hoy el dilema central del oficialismo.

Si la dirigencia de Morena decide cerrar filas de manera absoluta alrededor de personajes cuestionados, podría entrar en una etapa de deterioro acelerado, marcada por divisiones internas, presión internacional y pérdida gradual de credibilidad.

Pero si opta por deslindarse, investigar y sacrificar figuras relevantes, abriría inevitablemente fracturas internas que podrían modificar el mapa político rumbo a los próximos años.

La política mexicana tiene memoria. El PRI perdió legitimidad cuando la corrupción y la impunidad terminaron por devorar su discurso revolucionario.

El PAN sufrió desgaste cuando las expectativas democráticas chocaron con la realidad de violencia e inseguridad. Ningún movimiento es eterno cuando la percepción pública comienza a asociarlo con excesos, impunidad o complicidades.

Por eso los rostros cambiaron en Palacio Nacional. Porque las manecillas del reloj político se movieron de golpe y porrazo.

Y cuando el poder descubre que el tiempo puede convertirse en adversario, aparece el verdadero miedo: el temor de que el proyecto histórico que parecía invencible comience a entrar, lentamente, en su etapa de declive.

Imagen de portd¿ada: https://www.shutterstock.com/

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