La semana pasada encendí el televisor y aparecieron las primeras escenas de la tragedia en Venezuela. Después llegaron los videos en las redes sociales. Edificios reducidos a montañas de concreto. Familias buscando desesperadamente a sus seres queridos. Rescatistas trabajando contra el tiempo. Niños cubiertos de polvo. El silencio interrumpido únicamente por el sonido de las herramientas que intentaban abrirse paso entre los escombros.
Las cifras son devastadoras, casi dos mil personas han perdido la vida y más de diez mil han resultado heridas. Decenas de miles permanecen desaparecidas, miles de edificios han sufrido daños estructurales y cientos colapsaron por completo. Los organismos internacionales calculan pérdidas por miles de millones de dólares mientras la esperanza de encontrar sobrevivientes disminuye con el paso de las horas.
Los periodistas solemos contar estas tragedias con números, pero quienes alguna vez estuvimos bajo los escombros sabemos que el dolor nunca cabe en una estadística. Por eso, mientras veía las imágenes de Venezuela, no estaba mirando únicamente otro país, estaba regresando a mi propia historia.
Tenía quince años, era miércoles 19 de septiembre de 1985 y como cualquier otro día, llegué temprano al Conalep donde estudiaba en la Ciudad de México. La primera clase era Matemáticas y nuestro salón estaba lleno. Éramos cincuenta y seis alumnos y un maestro que seguramente jamás imaginó que aquella mañana cambiaría para siempre nuestras vidas.A las siete con diecinueve minutos comenzó el terremoto.
No recuerdo haber sentido miedo al principio, recuerdo el ruido, ese sonido profundo que produce la tierra cuando decide romperse. Después vino el estruendo del concreto y los muros desplomándose, gritos, polvo, la oscuridad y un silencio que todavía, 41 años después, sigue visitándome algunas noches. Cuando todo terminó, mi salón ya no existía, tampoco podía moverme, mi posición era extraña, el suelo también.
De los cincuenta y seis estudiantes que nos encontrábamos ahí, solamente doce salimos con vida. Doce, hay números que nunca abandonan la memoria, permanecí más de treinta horas atrapada bajo los escombros, horas en las que el tiempo dejó de existir. Treinta horas en las que uno aprende que la vida puede reducirse a una sola esperanza: volver a respirar aire libre.
Mientras tanto, afuera, mi familia vivía su propio infierno.Mi abuelo materno había salido de Misantla rumbo a la Ciudad de México junto con mi madre, sin saber siquiera si me encontrarían con vida. Mi abuela vivía conmigo, apenas a unos metros de la escuela, todavía hoy sigo creyendo que un milagro la protegió aquella mañana. Por alguna razón no quedó atrapada en el departamento donde vivíamos. Si el destino hubiera decidido escribir otra historia, probablemente ella también habría permanecido bajo los escombros. Nunca he dejado de agradecerle a Dios ese milagro.
Mis abuelos fueron el refugio de mi espíritu. Mi madre, mis tíos y toda mi familia sostuvieron una esperanza que yo ni siquiera sabía que seguía viva. Ellos no removieron toneladas de concreto, pero hicieron algo mucho más difícil, nunca dejaron de esperarme, ellos ya no están. El tiempo también se los llevó, pero cada vez que la tierra tiembla en cualquier parte del mundo, vuelvo a sentir su abrazo.
Con los años comprendí que aquel terremoto me dejó mucho más que cicatrices, me enseñó a resistir. Aprendí que siempre es posible salir de entre los escombros, no solamente de los que deja un edificio derrumbado. También de los que provocan las pérdidas, las despedidas, las enfermedades, las traiciones, los fracasos, las decepciones y todas esas sacudidas que la vida nos impone cuando menos lo esperamos.
Todos, tarde o temprano, terminamos sepultados bajo algún tipo de ruina. La diferencia está en decidir si nos quedaremos ahí o si volveremos a levantarnos. Yo elegí levantarme y he tenido que hacerlo muchas veces. Cada pérdida me ha recordado aquel salón de clases y me ha obligado a quitar otra piedra del camino. Las caídas me han enseñado que sobrevivir no consiste únicamente en seguir respirando, consiste en volver a vivir.
Por eso hoy, cuando veo a los rescatistas venezolanos cavando con desesperación entre los edificios derrumbados, no veo solamente una operación de emergencia, veo familias aferrándose a un milagro, madres que no dejarán de buscar y abuelos rezando, niños que, si logran salir con vida, cargarán para siempre una historia que nadie habría querido escribir. No solo veo a Venezuela sino la enorme capacidad del ser humano para tender la mano cuando todo parece perdido, porque las tragedias nos recuerdan nuestra fragilidad, pero también nuestra inmensa solidaridad.
Hace 41 años salí de entre los escombros, desde entonces entendí que la vida no vuelve a ser igual. Uno aprende a valorar un amanecer, una llamada, una comida en familia, un abrazo, la risa de quienes amamos, las cosas sencillas dejan de ser pequeñas cuando alguna vez estuvieron a punto de desaparecer. Hoy escribo estas líneas desde la serenidad que da el tiempo, pero también desde la gratitud, porque sobreviví y tuve una familia que nunca dejó de buscarme. Mis abuelos me enseñaron que la esperanza también puede sostenerse con las manos.
Y porque, cada vez que la vida vuelve a sacudirme, recuerdo a aquella adolescente de quince años que permaneció más de treinta horas bajo un edificio derrumbado. Ella sigue viviendo dentro de mí, me recuerda una y otra vez, que por más pesada que parezca la loza que llevamos encima… Siempre existe la posibilidad de volver a salir de entre los escombros