Hubo un tiempo en que el periodista buscaba la noticia. Hoy pareciera que la noticia busca al periodista… para pedirle sus datos.
La propuesta de la gobernadora Rocío Nahle de elaborar un censo de periodistas para, según sus palabras, “terminar con las mentiras y difamaciones”, cayó como balde de agua fría en un gremio que lleva años sobreviviendo entre amenazas, asesinatos y la indiferencia oficial.
Porque una cosa es combatir la desinformación y otra muy distinta es comenzar a elaborar listas.
Las listas, en Veracruz, no traen buenos recuerdos.
Y menos para quienes todos los días cuestionan al poder.
Surgen preguntas que nadie ha respondido.
¿Quién decidirá quién es periodista?
¿El gobierno?
¿La CEAPP?
¿Un comité?
¿Una credencial?
¿O la simpatía con el régimen en turno?
Porque si hablamos de periodismo, el oficio hace mucho dejó de caber únicamente en las rotativas, las cabinas de radio o los estudios de televisión. Hoy también se informa desde un portal digital, una página de Facebook, un canal de YouTube o una transmisión en vivo. La tecnología cambió la forma de informar, pero no cambió la esencia del periodismo.
¿También ellos entrarán al censo?
¿O habrá periodistas de primera y de segunda?
Más preocupante aún resulta que se pretenda involucrar a la Comisión Estatal para la Atención y Protección de los Periodistas. La CEAPP nació para proteger al gremio, no para clasificarlo ni para convertirse en una oficina de registro. Su autonomía existe precisamente para mantener distancia del poder político.
En un estado donde este año han sido asesinados tres periodistas, que ya suman una lista de 36 comunicadores asesinados y que ningún caso ha sido resuelto y donde decenas más viven bajo medidas de protección o enfrentan riesgos por su labor, pedir información personal no genera tranquilidad. Genera miedo.
Y el miedo nunca ha sido buen compañero de la libertad de expresión.
Si el objetivo es combatir la mentira, el camino no es un padrón. Existen leyes, jueces y mecanismos legales para responder a publicaciones falsas o difamatorias.
Lo que no debería existir es la percepción de que el gobierno necesita saber quién escribe, quién publica y quién critica.
La confianza no se impone. Se construye.
Y en Veracruz esa confianza está rota desde hace muchos años.
El periodismo no necesita censos.
Necesita garantías.
Necesita protección.
Necesita justicia para quienes fueron asesinados por informar.
Y, sobre todo, necesita un gobierno que comprenda que la crítica no es un enemigo del poder; es una condición indispensable de la democracia.
Porque hoy la pregunta no es quiénes somos los periodistas.
La verdadera pregunta es: ¿por qué el poder necesita saberlo?