Por Cecilio García
Los que se fueron…
(Entrevista soñada)
La tarde se deslizaba lentamente sobre la Alameda Central de la Ciudad de México. Los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías, las palomas disputaban migajas de pan y el bullicio de la ciudad parecía tocar una vieja melodía.
Fue entonces cuando apareció.
Pantalón caído, pañuelo al cuello, sombrero ladeado y ese caminar inconfundible que parecía una mezcla entre prisa, desorden y filosofía callejera.
El personaje pateaba un bote vacío de refresco como quien empuja los recuerdos.
No podía equivocarme.
Era Cantinflas.
Me acerqué con cautela.
—Hola, Mario. ¿Cómo estás?
Me observó de reojo y siguió caminando.
—¡Mario! ¡Mario!
Se detuvo apenas unos segundos. Sonrió con malicia y levantó un dedo como maestro dispuesto a corregir a un alumno distraído.
—Mire usted, joven, primero que nada y antes que cualquier otra cosa, está usted confundiendo la gimnasia con la magnesia. Mario es el que paga los impuestos. Yo soy Cantinflas, el que se gana los aplausos en las carpas mexicanas.
No tuve más remedio que aceptar la observación.
Y es que, en efecto, hubo momentos en que Mario Moreno intentó domar a Cantinflas. Pero el personaje siempre terminaba escapándose por alguna rendija para decir de forma disparatada e incongruente, nada con sustancia.
Continuamos caminando por la Alameda.
Aceptó responder únicamente tres preguntas.
—¿Cuál es tu nombre completo?
—Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes. Un nombre tan largo que, cuando terminaban de decirlo, ya había acabado la función.
—¿Cuál consideras tu mejor película?
—Eso se lo dejo al respetable. Aunque muchos dicen que Ahí está el detalle. Y si ahí está el detalle, pues ahí estará, porque yo nunca lo encontré.
Soltó una carcajada.
—¿Y cuántos matrimonios hubo en tu vida?
Por primera vez bajó la mirada.
—Uno solo. Con Valentina Ivanova. Las películas daban fama, pero ella daba hogar. Y eso vale más que cualquier taquilla, mi chato.
El silencio duró unos segundos.
Luego volvió el inquieto y alegre Cantinflas.
—Aunque le voy a decir una cosa, joven: el amor es como los discursos políticos. Empieza prometiendo mucho y luego uno termina preguntándose qué fue exactamente lo que entendió.
La Alameda pareció reír junto con él.
Antes de despedirse, encendió un cigarrillo imaginario y dejó caer una reflexión que quedó suspendida entre los árboles y las estatuas:
—El humor sirve para decir verdades sin pedir permiso. Porque cuando la gente se ríe, baja la guardia… y es ahí donde entra la verdad.
Siguió caminando.
Atravesó la multitud como si perteneciera a otra época.
El bote continuó rodando sobre el cemento.
Yo me quedé observando cómo desaparecía entre la gente.
Y comprendí que algunos artistas no mueren.
Simplemente cambian de escenario.
Cantinflas salió de la vecindad para abordar un jet ejecutivo rumbo a la inmortalidad.
Y desde allá arriba, quién sabe si siga cantinfleando a los políticos, a los poderosos o a nosotros mismos.
Lo cierto es que, mientras exista un mexicano capaz de reírse de sus problemas, Cantinflas seguirá caminando por la Alameda…y pateando el bote.
Alcancé a gritarle: ¿México o Chequia?
–Moviendo rápidamente la mano derecha de afuera hacia adentro, respondió:
Qué preguntita mi chato.