Más de tres meses. Más de noventa días. Más de un trimestre.
Es el tiempo que ha transcurrido desde que Rubén Rocha Moya solicitó licencia al Gobierno de Sinaloa.
Y, sin embargo, la pregunta sigue flotando en el aire como una sombra que nadie quiere disipar:
¿Dónde está?
¿Dónde se esconde?
¿En Culiacán o en Badiraguato?
¿O, acaso, en la chingada?
Los poderosos —dicen— siempre saben más de lo que cuentan. El ciudadano común, en cambio, apenas recibe comunicados escuetos, versiones fragmentadas y un silencio oficial que termina alimentando toda clase de especulaciones.
La política tiene una regla no escrita: el vacío nunca permanece vacuo. Cuando la información desaparece, saltan como chapulines los rumores.
Y cuando el poder guarda silencio, la incertidumbre ocupa su lugar.
Sinaloa atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. La violencia, la disputa entre grupos criminales y la tensión permanente han puesto a prueba a las instituciones.
En ese contexto, la ausencia prolongada de quien fue electo para conducir los destinos del estado deja inevitablemente preguntas legítimas.
No se trata de invadir la vida privada de nadie. Si un gobernante enfrenta problemas de salud, merece respeto y consideración.
Pero cuando se ejerce un cargo público, la transparencia también es una obligación. Los ciudadanos tienen derecho a saber si quien recibió su confianza está en condiciones de regresar, si su ausencia será temporal o definitiva, o cuál es el rumbo institucional que seguirá el estado.
Porque los gobiernos democráticos no pueden administrarse con rumores.
Quizá Rocha Moya se encuentre recuperándose. Quizá prepara su regreso. Quizá las razones de su licencia sean estrictamente personales.
Pero mientras la explicación no llegue con claridad, la especulación seguirá gobernando donde debería hacerlo la certeza.
En política, el silencio rara vez resuelve los problemas; casi siempre los multiplica.
Y mientras unos pocos parecen conocer el paradero del gobernador con licencia, millones de sinaloenses continúan esperando algo mucho más sencillo que una explicación extraordinaria: una respuesta.
Porque el poder puede esconderse durante un tiempo.
La confianza ciudadana, no.