Como hijo de este gran país, fundado por hombres y mujeres valientes que soñaron con la libertad y con una vida mejor para sí mismos y para sus hijos, me uno a ustedes al pedir las bendiciones de Dios sobre el futuro de América, para que los elevados ideales consagrados al inicio de la Declaración de Independencia continúen guiando el florecimiento de la nación en unidad, justicia y paz. S. S. León XIV. 3 de julio de 2026. Recibir la medalla de la libertad.
El 4 de julio de 2026, los Estados Unidos de América conmemoraron el 250.º aniversario de la Declaración de Independencia del Reino Unido, documento firmado en 1776 tras el consenso alcanzado por los colonos de las Trece Colonias para poner fin a la tutela británica. Este evento no solo representa el nacimiento de una nueva nación, sino también la primera revolución de independencia exitosa en el continente americano. Le seguirían, en 1803, la rebelión de los esclavos haitianos contra la metrópoli francesa, gobernada entonces por Napoleón Bonaparte, y, entre 1808 y 1810, los movimientos libertarios en la América hispánica —Nueva España, Perú, Colombia y el Río de la Plata—, desencadenados por la crisis de la corona española tras la invasión francesa de la península ibérica y la deposición de Carlos IV y Fernando VII.
No obstante, la mayoría de los mexicanos, incluidos muchos historiadores, desconocemos la historia profunda de nuestro vecino del norte. La versión histórica que prevalece en México está marcada por episodios de conflicto: la pérdida de Texas en 1836, la guerra de 1846-1848, en la que nuestra nación perdió más del 53 % de su territorio, y la ocupación del puerto de Veracruz el 21 de abril de 1914, sin olvidar la incursión de Francisco Villa en territorio estadounidense. En tiempos recientes, durante el último sexenio, las relaciones bilaterales han sido tensas, y el presidente Donald Trump ha adoptado una postura firme contra los cárteles mexicanos, en el marco de una retórica que, como suele decirse en el argot popular, “con amor se paga”.
Es fundamental distinguir entre los conceptos de colonia y virreinato, ya que su uso indistinto genera confusiones históricas. En el caso de México, suele hablarse del “México colonial”, pero ello omite una diferencia estructural clave: en 1535, el emperador Carlos V expidió una cédula real que decretaba la fundación del Virreinato de la Nueva España, con un virrey como representante personal del monarca y una compleja estructura administrativa, judicial y eclesiástica. En contraste, las Trece Colonias británicas carecían de una administración centralizada semejante; su gobierno era más descentralizado y dependía directamente de la Corona inglesa a través de gobernadores y asambleas locales. Esta diferencia explica, en parte, por qué la guerra de independencia estadounidense duró aproximadamente ocho años (1775-1783), mientras que la novohispana se extendió por once años (1810-1821).
La fundación de las Trece Colonias no fue fortuita, como tampoco lo fue la expansión española. En el siglo XVII, los conflictos religiosos en Inglaterra —particularmente la persecución a puritanos, cuáqueros y católicos— impulsaron la emigración de grupos disidentes hacia el Nuevo Mundo, en busca de tierras donde practicar libremente su fe. A estos se sumaron colonos de otros reinos europeos. Ya en el siglo XVIII, los colonos comenzaron a organizarse para protestar contra los impuestos impuestos por la metrópoli, como la Ley del Timbre (1765) y el impuesto al té, que culminaron en el Motín del Té de Boston (1773). Estas protestas permitieron forjar un objetivo común: la separación definitiva de la Corona británica.
En contraste, en la Nueva España fueron los criollos —descendientes de españoles nacidos en América— quienes encabezaron el movimiento independentista, mientras que las poblaciones indígenas y afromestizas fueron utilizadas mayoritariamente como “carne de cañón” a lo largo de los once años de lucha.
Cronología de la independencia estadounidense
El proceso independentista puede sintetizarse en los siguientes hitos:
1565: Fundación de San Agustín, el primer asentamiento hispánico en Florida.
1620: Llegada del Mayflower a Plymouth, con una clara conciencia de fundar tierras de libertad.
1754-1763: Guerra Franco-Indígena, que enfrentó a británicos y franceses con aliados nativos.
1765: Ley del Timbre, que incrementó las protestas contra Gran Bretaña.
1770: Masacre de Boston, donde soldados británicos dispararon contra colonos.
1773: Motín del Té de Boston.
1775: Inicio de la Guerra de Independencia, con el Ejército Continental frente al ejército británico.
4 de julio de 1776: Firma de la Declaración de Independencia en Filadelfia.
1781: Victoria estadounidense en Yorktown.
1783: Tratado de París, por el cual Gran Bretaña reconoce la independencia.
1787: Convención Constitucional, donde se redacta la Constitución.
1789: George Washington asume la presidencia.
A partir de entonces, el proyecto de nación estadounidense comenzó a consolidarse con una notable cohesión interna, basada en una “generosidad entre ellos mismos” que les permitió construir un Estado fuerte y expansionista.
El conde de Aranda (1719-1798), embajador de Carlos III (1716-1788) en Francia, advirtió en su célebre memorial de 1788 sobre el peligro que la nueva nación representaba para el Virreinato de la Nueva España. Sugirió entonces la creación de un Imperio español descentralizado, donde cada virreinato iberoamericano se convirtiera en un reino autónomo, con Madrid como capital simbólica. Proféticamente, Aranda señaló: “El primer paso de esta potencia, cuando haya logrado engrandecimiento, será el apoderarse de las Floridas a fin de dominar el golfo de México”.
Esa visión se confirmaría con la Doctrina Monroe (1823), la compra de territorios a Francia y España, y la guerra de 1846-1848, que concluyó con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo (2 de febrero de 1848), mediante el cual México perdió más de la mitad de su territorio. Los diplomáticos estadounidenses en México tuvieron siempre claro que la grandeza de su país dependía de la adquisición de tierras, ya fuera por compra o por conquista.
Desde la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos comenzó a anunciar su vocación imperial, consolidada plenamente al término de la Segunda Guerra Mundial (1945). En las últimas ocho décadas, se ha erigido como la potencia hegemónica global, escenario del colapso de la Unión Soviética en 1991 y, más recientemente, del surgimiento de China como una potencia económica rival. En 2026, esta vocación imperial se ha manifestado en acciones como la captura del dictador de Venezuela o el asesinato del máximo líder espiritual de la República Islámica de Irán.
En el ámbito bilateral, las relaciones entre México y Estados Unidos atraviesan una crisis profunda, derivada del proyecto del presidente Donald Trump de “eliminar a los cárteles de la droga desde México”, en el contexto de lo que algunos han calificado como una “farsa narco-transformación” de la política mexicana durante los últimos ocho años.
A pesar de las tensiones y los conflictos, es innegable que los Estados Unidos de América constituyen una nación forjada por la migración europea desde el siglo XVII hasta la actualidad. Su proyecto de nación, aunque controvertido y expansionista, ha logrado mantenerse vigente durante 250 años. Felicitamos a esa nación norteamericana en su bicentenario y medio, y reconocemos la complejidad de una relación bilateral que, desde la independencia de México, ha oscilado entre la cooperación, la dependencia y el conflicto.