El cine es sin duda el entretenimiento más popular y socorrido por los mexicanos. Somos cineros por tradición, desde la época de oro de nuestra industria nacional, que dio a las masas héroes y musas como Pedro Infante, Jorge Negrete, María Félix, Dolores del Río, Elsa Aguirre, Cantinflas.
Las salas de cine fueron por décadas el asiento de aventuras y ensoñaciones de chicos y grandes (retratadas tan bellamente por la película italiana Cinema Paradiso, que igualmente pudo haber sido ambientada en cualquier lugar de nuestro hermoso país). En ellas muchos mexicanos aprendieron a vivir, a enamorarse, a llorar y a reír, a sentir las primeras emociones del corazón y de algunas otras partes de la anatomía humana que por hoy conviene no mencionar.
Ir al cine ha sido por décadas una aventura repetida, una cita añorada, una sana costumbre para mantener el espíritu abierto y la alegría viva; ir al cine hoy es acudir a una moderna versión de las historias que la literatura nos había hecho disfrutar e imaginar.
Ir al cine hoy es carísimo.
El Gobierno autodenominado del pueblo ha mostrado últimamente la preocupación más o menos notoria de apoyar a la producción nacional de películas y a los proyectos de figuras destacadas como nuestra querida paisana Salma Hayek.
Pero no ofrece ningún estímulo para abaratar el gasto de los cinéfilos. Las grandes corporaciones de exhibición se aprovechan del gusto de los mexicanos por las películas, sin que haya una sola acción oficial para atenuar las enormes ganancias que obtienen a costa del bolsillo de los ciudadanos.
Cinépolis es el ejemplo más evidente de la enorme plusvalía. Sus precios de entrada y de los productos que ofrecen en las dulcerías son salvajes, draconianos, mercenarios.
La entrada normal al cine cuesta 93 pesos, así que una ida con un acompañante viene saliendo en cerca de 200 pesos, que ya es una inversión notable, pero hay que agregarle las palomitas y el refresco y alguna otra golosina. Y aquí viene el desplumadero en despoblado. Un refresco “grande” cuesta 98 pesos, que pagamos a cambio de un vaso de papel, un poco de agua mineral, un chisguete de saborizante y muchos hielos, la inversión de la empresa es de unos ocho pesos y la ganancia es de 90 pesos; unas palomitas jumbo salen en 103 pesos y es igualmente una caja de papel, unos 50 gramos de maíz palomero, mucha sal y un muy sospechoso sucedáneo de mantequilla que le salen a Cinépolis cuando mucho en diez pesos y le ganan 93.
Y por si fuera poco, la empresa que se dice es propiedad de la familia Ramírez de Morelia, acaba de modernizar sus taquillas y sustituyó a los vendedores por quioscos automáticos. Con esa acción, despidieron y dejaron de pagar sueldos a ocho mil empleados. Y no contentos con eso, la empresa cobra en cada boleto una comisión de ocho pesos por uso de la máquina expendedora.
¿Y la autoridad? ¿Y la Profeco? Y ¿Y la Secretaría del Trabajo? Bien, gracias, ocupados en hacer marchas de apoyo a su Presidenta.
La única respuesta que queda ante esa exageración, es que los usuarios hagamos una huelga en contra de Cinépolis, para obligar a que reduzca sus ganancias a un nivel acorde con lo justo.
Se aceptan ideas.
sglevet@gmail.com
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