marzo 26, 2026

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TROPIEZO

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En política, las derrotas no siempre se anuncian con estruendo. A veces llegan en silencio, disfrazadas de negociación fallida, de voto ausente o de aliado incómodo.

Esta vez, el tropiezo fue evidente: el Partido del Trabajo (PT) endureció su postura, resistió la presión del régimen y terminó por sepultar —al menos en esta fase— la intención presidencial de avanzar en la revocación de mandato.

El episodio no es menor. Desde una perspectiva de teoría política, las coaliciones gobernantes suelen sostenerse en dos pilares: incentivos compartidos y disciplina interna.

Cuando uno de ellos falla, la estructura comienza a resquebrajarse. Lo ocurrido revela precisamente eso: una coalición que ya no opera bajo la lógica de cohesión automática, sino bajo cálculos individuales de supervivencia.

El PT, encabezado por Alberto Anaya, actuó conforme a una racionalidad clásica de los partidos bisagra: maximizar su margen de maniobra frente al poder central.

No es ideología lo que explica su postura, sino estrategia. En contextos donde el partido dominante concentra poder, los aliados pequeños suelen oscilar entre la subordinación y la resistencia táctica. Esta vez eligieron lo segundo.

La señal es potente. El oficialismo, que durante años se benefició de una narrativa de unidad monolítica, exhibe fisuras.

Los aliados ya no son incondicionales; son actores con capacidad de veto. Y eso, en términos institucionales, modifica el equilibrio de poder dentro del bloque gobernante.

Para la presidenta Claudia Sheinbaum, el golpe es doble. Por un lado, representa una derrota legislativa en un tema que no es accesorio, sino profundamente simbólico para el proyecto político que encabeza.

Por otro, desnuda una realidad incómoda: el control del poder no es absoluto, ni siquiera dentro de su propia coalición.

La historia política reciente enseña que estos desencuentros rara vez quedan sin consecuencias.

En sistemas presidencialistas con mayorías fragmentadas, la disciplina se impone —o se intenta imponer— a través de mecanismos de control político: reasignación de recursos, exclusión de acuerdos, o incluso la erosión gradual de los aliados incómodos. En otras palabras, la factura suele cobrarse.

El destinatario es claro. Alberto Anaya y el PT han cruzado una línea que, en la lógica del poder, no pasa inadvertida. La revancha no será inmediata ni necesariamente visible, pero es altamente probable.

Así opera el sistema: la lealtad se premia; la disidencia, se administra o se castiga.

Sin embargo, el dato más relevante no es la eventual respuesta del Ejecutivo, sino el precedente que se instala.

El PT demostró que el miedo no siempre es suficiente para disciplinar a los aliados. Que el cálculo político puede pesar más que la amenaza. Y que, incluso en contextos de alta concentración de poder, existen márgenes para la resistencia.

El tropiezo, entonces, trasciende el episodio concreto. Es un recordatorio de que el poder, por más sólido que parezca, nunca es absoluto. Siempre depende de equilibrios frágiles, de voluntades negociadas y de lealtades condicionadas.

Y cuando esas lealtades se agrietan, el discurso de unidad se convierte —inevitablemente— en una ficción difícil de sostener.

“El miedo no anda en burro”, el refrán nos invita a reflexionar sobre la importancia del coraje y la valentía, aunque provengan de personas cínicas y desvergonzadas.

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