mayo 21, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Pasarela de egos

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La política mexicana atraviesa por una época extraña: los discursos duran menos que los escándalos y la seriedad institucional compite, en franca desventaja, contra el espectáculo.

Ya no basta con tener una curul, una gubernatura o una tribuna parlamentaria; ahora parece indispensable dominar la cámara, incendiar las redes sociales y generar rating. La República convertida en set de televisión. Y en medio de esa tragicomedia nacional, resuena una frase que bien podría convertirse en epitafio político: “Jesús te ampare”.

Porque lo que vivimos ya no es únicamente una disputa ideológica o un choque de proyectos de nación. Es una auténtica pasarela de egos donde algunos actores públicos parecen más preocupados por sostener el reflector que por sostener las instituciones.

Ahí está Sergio Mayer, quizá el caso más emblemático de esta transformación de la política en entretenimiento puro.

El exdiputado plurinominal que pidió licencia para entrar a La Casa de los Famosos terminó haciendo exactamente lo que prometió: “un infierno”. Aunque no precisamente dentro del reality, sino en la percepción pública de una clase política que cada vez luce más frívola y desconectada.

Mayer nunca abandonó del todo el espectáculo. En realidad, la política fue para él un escenario alterno, un foro temporal donde el aplauso parlamentario suplía al aplauso televisivo. Pero los reflectores del Congreso no siempre garantizan audiencia, y cuando el rating disminuye, algunos personajes simplemente cambian de escenografía. Por eso su salida “irrevocable” de Morena parece menos una ruptura ideológica que una mudanza de camerino. El show continúa; sólo cambia el logotipo detrás del actor principal.

Su paso por la vida pública deja una pregunta incómoda: ¿cuándo el Congreso dejó de ser recinto legislativo para convertirse en plataforma de posicionamiento mediático? Porque una democracia sana necesita representantes populares, no celebridades en campaña permanente.

Pero Mayer no es un caso aislado. En esta gran carpa política también sobresale Gerardo Fernández Noroña, hoy investido con altas responsabilidades legislativas, aunque fiel a un estilo donde el estruendo suele imponerse sobre la reflexión.

Su confrontación constante entusiasma a las tribunas más radicales, sí, pero también erosiona el delicado tejido institucional que exige acuerdos, prudencia y respeto democrático.

En política, gritar más fuerte no significa tener más razón.

Y si hablamos de estridencia, Layda Sansores convirtió la gobernabilidad en un ejercicio de confrontación continua. Sus conferencias parecen más juicios sumarios televisados que informes de gobierno. Filtraciones, señalamientos, vendettas personales y un tono beligerante permanente han sustituido muchas veces el lenguaje de Estado. Gobernar no es convertir el micrófono en desahogo emocional ni la administración pública en espectáculo de revancha.

El poder exige templanza. No histrionismo.

En el ámbito educativo, el caso de Marx Arriaga dejó otra advertencia preocupante. La educación pública terminó atrapada entre dogmas, ocurrencias ideológicas y debates partidistas. Los libros de texto gratuitos dejaron de discutirse por su calidad pedagógica y comenzaron a analizarse bajo trincheras políticas. Grave error. La educación debe formar ciudadanos críticos, no militantes obedientes.

Son apenas algunos nombres visibles de una tendencia más profunda: la banalización del poder.

La llamada 4T prometió austeridad republicana, ética pública y altura moral. Sin embargo, con demasiada frecuencia termina proyectando la imagen de un movimiento atrapado por el ruido, la provocación y la obsesión por dominar la conversación diaria.

El problema es que el espectáculo político puede entretener por un tiempo, pero difícilmente construye instituciones sólidas.

El país necesita estadistas, no protagonistas de reality show. Necesita servidores públicos capaces de dialogar, administrar y resolver problemas complejos, no figuras que gobiernen pensando en el trending topic del día siguiente.

Porque cuando la política se llena de personajes que confunden autoridad con fama instantánea, el riesgo ya no es únicamente el ridículo. El verdadero peligro es que el país entero termine convertido en una interminable temporada de escándalos, improvisaciones y pleitos mediáticos.

Y entonces sí… Jesús nos ampare.

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