febrero 17, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Paquita la del Barrio y Manuel Toscano

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Hoy, 17 de febrero, mientras redacto esta columna se cumple un año del fallecimiento de Paquita la del Barrio y en su tierra natal, Alto Lucero, la recuerdan con eucaristía, placa conmemorativa, verbena popular y pirotecnia. Una fiesta para celebrar su legado y nadie puede negar que la alteña fue un fenómeno cultural.

Paquita marcó una época en la música vernácula mexicana, se convirtió en voz de mujeres heridas, traicionadas, abandonadas. Sus canciones fueron desahogo colectivo en cantinas, fiestas y corazones rotos. Para muchas, fue símbolo de valentía, para otras, bandera de empoderamiento. Pero aquí vale una pregunta incómoda: ¿Insultar al hombre es empoderar a la mujer?

Durante años se aplaudió que canciones como Rata de dos patas fueran un acto de justicia poética femenina. Y sí, hay algo liberador en cantar lo que antes se callaba, hay algo poderoso en perder el miedo a señalar al agresor. Sin embargo, también hay algo más simple en convertir la complejidad de las relaciones humanas en una narrativa de “ellos los malos, nosotras las víctimas”. El feminismo —el serio, el profundo— no nació para invertir el desprecio, sino para desmontarlo.

Nunca conecté con el estilo de Paquita, no con su voz —que era inconfundible— sino con la idea de que el empoderamiento femenino debía construirse desde el agravio permanente. El dolor puede ser origen, pero no puede ser su destino final.

Y aquí es donde el fenómeno cultural se vuelve interesante, porque las canciones no se quedan en el escenario. Cuando ese discurso salta de la música a la política, el análisis se vuelve necesario, porque la conversación deja de ser anecdótica. El autor de varios de los temas más emblemáticos del repertorio de Paquita —entre ellos Rata de dos patas, Tres veces te engañé, Las mujeres mandan y Hombres malvados— es hoy alcalde de Catemaco: Manuel Eduardo Toscano.

Un compositor que construyó éxito musical a partir de letras donde la confrontación entre géneros es el eje central, ahora está al frente de la administración pública. El mismo que ayudó a convertir el resentimiento amoroso en éxito musical, hoy ejerce poder público y también protagoniza escándalos a un mes de haber tomado posesión como alcalde y dejar tirada su responsabilidad como edil para irse a la FITUR 2026.

Entonces la pregunta no es personal, ni política, ni moral, ni cultural, se vuelve necesaria. ¿Qué narrativa se normaliza cuando durante décadas aplaudimos canciones que reducen la complejidad humana a culpables y víctimas? ¿Qué tipo de imaginario colectivo alimentamos cuando el agravio se convierte en espectáculo? Puede alguien que escribió sobre “hombres malvados” gobernar sin caer en la tentación de dividir entre buenos y malos.

Paquita fue, sin duda, una artista que canalizó emociones reales de muchas mujeres mexicanas. Pero el empoderamiento auténtico no consiste en gritar más fuerte que el otro, sino en no necesitar gritar para ser escuchada. El empoderamiento profundo no se sostiene en el insulto, sino en la dignidad, nada se construye desde el agravio, sino desde la igualdad y el respeto.

Quizá por eso su legado divide, para unas es liberación, para otras, catarsis. Para algunos hombres, provocación y para otros, simple espectáculo. A un año de su partida, Alto Lucero la celebra y está bien, la cultura popular también merece memoria, pero recordar no significa idealizar.

Porque el verdadero empoderamiento no se construye desde la guerra de géneros, sino desde la dignidad compartida. Y esa conversación —más que la pirotecnia— es la que realmente vale la pena encender.

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