abril 1, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Mesa que más aplauda

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En política, el aplauso no siempre es sinónimo de respaldo. A veces es nómina. O peor: coreografía.

“El que paga manda”. La frase no es nueva, pero sigue vigente como regla no escrita del poder.

En tiempos donde la percepción vale más que la realidad, los políticos han perfeccionado una técnica vieja: comprar legitimidad envuelta en números, encuestas y porras sincronizadas.

La democracia convertida en espectáculo. Y el ciudadano, muchas veces, reducido a espectador… o a figurante.

Las encuestas —esas que se presumen como radiografías sociales— han mutado en instrumentos de propaganda.

No todas, pero sí las suficientes para distorsionar el tablero. Se contratan, se ajustan, se difunden. Se pagan para decir lo que el cliente quiere escuchar.

Y luego se repiten como mantra en medios, redes y discursos. Hasta que la ficción parece consenso.

Pero el aplauso comprado tiene fecha de caducidad. No mide convicción, mide presupuesto.

Como en la canción —esa joya tropical salida de Veracruz— “mesa que más aplauda, le mando, le mando…”. za za za.

El ritmo pegajoso no distingue ideologías. Todos bailan. Todos compiten por ver quién suena más fuerte, quién convoca más palmas, quién logra que su mesa —su grupo, su estructura, su clientela— haga más ruido. No importa si el entusiasmo es genuino o inducido. Lo importante es que se escuche.

La política convertida en pista de baile.

En ese escenario, las porras ya no son expresión espontánea. Son estrategia. Se organizan, se trasladan, se alimentan. Aplauden por hambre —literal o simbólica— y ese es el punto más delicado: cuando la necesidad sustituye a la convicción. Cuando el voto deja de ser decisión y se vuelve transacción.

El político demagogo lo sabe. Por eso invierte en aplausos. Porque el ruido confunde. Porque la multitud —aunque sea rentada— genera la ilusión de mayoría. Porque en la narrativa, parecer popular es casi tan importante como serlo.

Pero hay una trampa en esa lógica: el día de la elección no siempre vota la mesa que más aplaude, sino la que más cree.

Y ahí es donde las encuestas maquilladas se estrellan con la realidad. Ahí donde el algoritmo no alcanza, donde la dádiva no convence, donde la coreografía se rompe. La urna no aplaude. Decide.

Hoy, como hace décadas, los políticos siguen pagando por palmas como focas amaestradas, por porras que inflan egos y titulares.

Pero el país real —el que no sale en la foto, el que no responde encuestas pagadas— observa en silencio.

Y ese silencio, cuando se convierte en voto, suele ser mucho más poderoso que cualquier aplauso.

Porque al final, la mesa que más aplauda… no siempre es la que gana.

Imagen de portada: Redes sociales:Tomás Vela Esperabé

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