Como bien señala la sabiduría popular, la mala fama nace en casa. Se trata de un juicio colectivo que se impone sobre aquel que contraviene las normas de conducta establecidas.
En términos formales, alude a lo que comúnmente conocemos como mala reputación.
Por eso, México, no necesita campañas de desprestigio desde el extranjero. Le basta con mirarse al espejo. Un espejo que no miente.
Porque la mala fama —esa que incomoda, que irrita y que el poder intenta minimizar— no surge de la nada.
Se construye. Se alimenta. Se exporta. Y, lo más grave, se niega.
El primer paso para corregir un error es reconocerlo. Pero en la narrativa oficial de la llamada Cuarta Transformación, los yerros no existen.
Todo cuestionamiento se diluye en una frase repetida hasta el cansancio: “tenemos otros datos”. Una suerte de escudo retórico que no resuelve, pero sí evade.
Durante décadas, México fue referente en América Latina. Liderazgo diplomático. Influencia cultural. Estabilidad relativa. Hoy, esa imagen se ha erosionado. Y no por percepciones aisladas, sino por realidades persistentes: violencia desbordada, corrupción enquistada, impunidad sistemática, desapariciones que laceran a miles de familias y un crimen organizado que ha dejado de ser clandestino para convertirse en protagonista.
Desde el exterior, la narrativa es aún más dura. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha señalado a México como epicentro de la violencia del narcotráfico en la región.
En un tono que mezcla diplomacia con crudeza, califica a la presidenta como “muy buena persona”, pero al mismo tiempo sostiene que el país está dominado por los criminales.
Una dualidad incómoda: cortesía política en la forma, pero severidad en el fondo.
Y es que los nombres que hoy cruzan fronteras no son los de nuestros íconos culturales, sino los de nuestros capos. Joaquín “El Chapo” Guzmán, Nemesio “El Mencho” Oseguera (+) e Ismael “El Mayo” Zambada son reconocidos globalmente con la misma familiaridad con la que antes se evocaba a María Félix, Mario Moreno “Cantinflas” o Pedro Infante.
El contraste es brutal. Antes exportábamos cultura. Hoy exportamos miedo. Droga. Violencia.
La mala fama no es un invento. Es una consecuencia. Y mientras el discurso oficial insista en negar la magnitud del problema, seguirá creciendo como una sombra que no distingue fronteras.
Porque el prestigio de un país no se decreta. Se construye con instituciones sólidas, con seguridad para sus ciudadanos y con un Estado que garantice justicia.
Negar la realidad no la desaparece. Solo la profundiza.
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