Amanecí con esa sensación tan mexicana de déjà vu político, otra reforma electoral, otro intento de “cambiar las reglas del juego”. Y, por supuesto, otra vez el discurso de que ahora sí será para “fortalecer la democracia”. Lo dijo la presidenta Claudia Sheinbaum, desde Palacio Nacional: el famoso Plan B ya va rumbo al Senado.
Yo no sé si reírme o sentarme a esperar el siguiente capítulo. Porque en el papel, todo suena divino: reducir privilegios, ajustar el sistema, fortalecer la revocación de mandato. Discurso para la nota de ocho columnas”, como se decía antes en las redacciones; ahora las que caben perfecto en la mañanera y mejor aún en los encabezados digitales. Pero cuando una le rasca tantito, empieza el verdadero espectáculo… ese que no sale en el boletín.
Y es que no todo es discurso, la reducción de diputados por la vía plurinominal —esa que tanto incomoda cuando se menciona en voz alta— podría convertirse en un ajuste necesario. Menos listas, menos espacios asignados sin voto directo, podría significar un Congreso más cercano a las urnas y menos a las cúpulas. No es poca cosa en un país donde la representación, muchas veces, se ha decidido más en escritorio, que en territorio.
Y lo mismo ocurre con las prerrogativas, ese dinero público que, en teoría, debería fortalecer la vida interna de los partidos, formar cuadros, capacitar militantes y acercar la política a la ciudadanía… suena muy bien en el papel. En la práctica, sin embargo, hay quienes levantan la ceja —y no sin razón— sobre el destino real de esos recursos. Porque hay partidos que parecen tener recursos para todo… menos para sus propias bases.
Recordé un pasaje de mi vida, aun cercano en el tiempo y muy lejano en ámbito… No afirmo nada —todavía—, pero tampoco es secreto que, en más de una ocasión, las dirigencias estatales o nacionales han sido señaladas, en corto, por administrar esas prerrogativas con una creatividad que poco tiene que ver con la vida partidista. Dinero que difícilmente baja, que rara vez se traduce en trabajo territorial, y que, curiosamente, siempre alcanza para lo urgente… pero no para lo importante. Ya habrá momento de hablar sobre ese tema y de cómo se enjuaga la prerrogativa partidista.
Pero regreso al punto incómodo: Ahí están, por ejemplo, los partidos aliados. Sí, esos mismos que levantan la mano en bloque, que marchan en fila, que sonríen en la foto. Los del Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo, acompañados por algunos perfiles —muy respetables, eso sí— de Morena. Todos muy comprometidos con la transformación… hasta que la transformación toca su curul.
Porque seamos claros —y aquí es donde me gana el sarcasmo—: ¿quién en su sano juicio votaría alegremente por desaparecer la vía plurinominal… cuando esa es, justamente, la vía que lo llevó al poder? Es como pedirle a alguien que quite la escalera… mientras sigue arriba del tejado.
Los escaños plurinominales, esos que hoy están en el centro del debate, no son un accidente. Son el salvavidas de partidos que, en muchos casos, no ganarían una elección directa ni en la asamblea de padres de familia de la escuela de sus hijos. Son la puerta de entrada de perfiles que no pasan por las urnas, pero sí por las listas. Y ahora resulta que esa puerta… estorba.
Por eso, aunque el Plan B camine rumbo al Senado, una no puede dejar de preguntarse si realmente va a llegar a algún lado. Porque una cosa es el discurso y otra —muy distinta— es tocar intereses. Y en política, cuando se trata de intereses, hasta los más disciplinados empiezan a volverse creativos. Yo, por lo pronto, le pico al botón de la licuadora, ya es tarde y hay que batir la masa del budín que, en breve, quiero hornear.
Esto apenas empieza y mañana muy temprano espero saborear mi budín de nuez con un café negro bien cargado, mientras reviso los titulares sobre la reforma electoral. Me encanta ver los rostros de “los actuales pluris”, con el ceño fruncido, rogando en voz baja que NO PASE la reforma. Y es que, si algo nos ha enseñado la historia reciente, es que las reformas en México no se definen en los discursos… sino en las resistencias.
Y vaya que hay muchas
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