El mundo se mantiene en vilo ante la escalada bélica entre el bloque liderado por Estados Unidos e Israel frente a Irán. No hay claridad sobre el impacto social definitivo si este conflicto no se detiene, pero algo es seguro: las ondas de choque ya llegaron a nuestra frontera.
Aunque la mayoría de los mexicanos percibe el Medio Oriente como algo remoto, lo que ocurre hoy no tiene precedentes. A diferencia de casos como el de Venezuela (donde Nicolás Maduro mantiene el poder pese a la presión de Washington) o el eterno embargo a Cuba, lo que se libra allá es una colisión entre fanatismos religiosos y el control de los recursos energéticos.
El punto crítico es la “superautopista” energética: el Estrecho de Ormuz. No hay que confundirlo con el Mar Caspio (que es interior); Ormuz es el cuello de botella por donde transita cerca del 20% al 30% del petróleo global.
Cuando las acciones militares tocan el bolsillo del mundo, el efecto dominó es inmediato. En la geopolítica actual, el flujo de capital suele pesar más en las decisiones de las potencias que la propia tragedia humanitaria de los civiles.
Este conflicto ha disparado el precio del crudo. Mientras que a inicios de año rondaba los 70-80 dólares, hoy la volatilidad lo ha empujado cerca de los 120 dólares por barril, y los analistas más pesimistas no descartan que alcance los 200 dólares si el estrecho se cierra totalmente.
Para México, este escenario es un arma de doble filo: Aunque el Gobierno intenta topar la Magna en los 24-25 pesos, el Diésel y la Premium se dispararán. Mantener el subsidio (IEPS) será fiscalmente insostenible a mediano plazo.
Por otra parte, los fertilizantes, plásticos, componentes automotrices y acero están duplicando sus costos logísticos y de producción de la noche a la mañana. Al final, el consumidor mexicano pagará la factura en el supermercado.
En medio de este caos, México enfrenta un momento clave: la revisión y renegociación de los flujos comerciales con Estados
Unidos bajo el marco del T-MEC. No hay peor escenario para negociar que un mundo en llamas y un vecino obsesionado con la seguridad energética.
Sin embargo, hay una rendija de oportunidad. Si el petróleo sigue siendo el eje del pánico global, México, como país extractor, posee una ficha de cambio. En tiempos de escasez, quien tiene el suministro tiene la palabra.
La pregunta queda en el aire: ¿Sabrá el Gobierno aprovechar esta posición estratégica o seremos simples espectadores del desastre?
Usted, ¿qué opina?
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