enero 14, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

Las aguas que regresan

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No hace falta estar en Poza Rica o en Álamo para sentir el peso de lo que ahí sucede. Basta con mirar las imágenes, escuchar las voces quebradas de quienes lo perdieron todo, o leer los reportes que hablan de un norte veracruzano herido: Poza Rica, Tuxpan, Álamo Temapache, Ilamatlán, Zontecomatlán, El Higo. Seis municipios atrapados entre el lodo y la desesperanza. Los números que se manejan sobre las micro, pequeñas y medianas empresas —mil doscientas trece, según un estudio local— ahora son apenas una referencia; detrás de cada cifra hay un rostro, una historia, una tienda, un taller o un sueño sumergido bajo el agua. Y una economía regional que, como un cuerpo exhausto, intenta levantarse sin saber por dónde empezar.

Al mirar esas escenas desde la distancia, inevitablemente regresan los recuerdos de 1995, cuando el río Misantla se salió de su cauce y entró a mi casa con una furia que no se olvida. Estaba recién casada. En cuestión de minutos, el agua subió tres metros y lo que era mi hogar se volvió una laguna silenciosa. También me vi sin nada: sin muebles, sin ropa, sin rumbo. Aquel episodio me enseñó lo que significa empezar de nuevo con las manos vacías. Por eso, cuando escucho a los comerciantes de Poza Rica contar que perdieron no solo sus negocios, sino sus casas, su historia y hasta sus ganas de seguir, entiendo perfectamente el dolor que no cabe en los titulares.

Hoy, casi tres décadas después de aquella inundación en Misantla, me duele reconocer que seguimos repitiendo los mismos errores. La naturaleza desborda sus cauces, sí, pero también es cierto que los gobiernos se desbordan de omisiones. ¿Dónde están las políticas preventivas, los muros de contención prometidos desde hace años, la cultura del seguro para quienes viven al filo del agua? En Poza Rica y Tuxpan, más del 60 % de las empresas afectadas no contaban con ningún tipo de protección ante desastres naturales. Esas pérdidas no solo son materiales: representan años de trabajo y el corazón de una economía local que ahora late más despacio.

Los dirigentes empresariales lo han dicho con claridad: no se trata de no querer pagar impuestos, sino de no poder hacerlo. Canacintra Región Golfo pide tregua, humanidad y sentido común. Pero el Servicio de Administración Tributaria, el IMSS y otras dependencias actúan como si las aguas no hubieran pasado por encima de medio estado. Lo viví en carne propia: después de una inundación, lo que más duele no es la pérdida, sino la indiferencia institucional. Y esa indiferencia parece volverse un hábito nacional, una forma de mirar hacia otro lado cuando la tragedia no toca nuestras puertas.

El campo tampoco escapa. En Álamo Temapache, las hectáreas naranjeras que antes perfumaban la región están cubiertas de lodo. Los criaderos, los talleres, las cristalerías, el rastro municipal: todos con pérdida total. Esos daños tardarán años en repararse, no por falta de esfuerzo, sino por la ausencia de estrategias integrales. Nadie parece hacerse responsable de que el desarrollo económico de Veracruz siga dependiendo del clima y de la suerte. En los despachos cómodos del poder, quizá las cifras se entiendan como estadísticas. Pero en los barrios anegados, cada número tiene nombre y apellido.

Hoy miro hacia el norte de nuestro estado y veo, como hace treinta años, el mismo reflejo: el agua que arrasa también desnuda. Desnuda la fragilidad de las políticas públicas, la desigualdad entre el empresario grande y el pequeño, y la falta de visión de un Estado que reacciona, pero no previene. No estuve ahí físicamente, pero cada imagen me devuelve al olor del lodo de 1995, al silencio que queda cuando todo se pierde. Y pienso que, quizá, las aguas no solo regresan para destruir, sino para recordarnos lo que no quisimos aprender. Me pregunto si el agua tendrá mejor memoria que nosotros. Tal vez por eso regresa cada cierto tiempo, como si viniera a recordarnos todo lo que no hicimos bien.

Y mientras los funcionarios siguen tomándose la foto con el lodo ajeno, los verdaderos damnificados vuelven a empezar desde cero, como si la resiliencia fuera una obligación fiscal. En Veracruz, cada inundación trae su propia ceremonia: primero la lluvia, luego la pérdida… y al final, el olvido oficial, que llega más rápido que el auxilio.

Foto de portada: Misantla: Inundación de 1995 // El Chiltepín

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