mayo 23, 2026

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El muchacho de la Cruz Verde

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Hay canciones que uno escucha y simplemente le gustan. Otras, en cambio, terminan contando nuestra propia historia.
Hace años escuché Il ragazzo della via Gluck, de Adriano Celentano. Desde la primera vez me conmovió. Habla de un muchacho que creció entre la hierba y la naturaleza, que un día tuvo que marcharse a la ciudad y que, al volver tiempo después, encontró casas y cemento donde antes había campo.
Quizá por eso esta canción siempre me recordó a mi propia vida.
Yo fui, de alguna manera, el muchacho de la Cruz Verde.
Crecí en ese barrio de Martínez de la Torre cuando las tardes todavía tenían olor a río, a tierra húmeda y a campo abierto. Mi infancia estuvo hecha de cosas sencillas que entonces parecían normales y hoy comprendo que eran extraordinarias.
Jugábamos con mis hermanos, primos y vecinos hasta que el sol comenzaba a esconderse. Nadábamos en el río, pescábamos, caminábamos por sus orillas y descubríamos el mundo entre árboles, piedras y agua limpia.
Al anochecer, la calle Pedro Belli se convertía en nuestro patio.
Corríamos detrás de una pelota, hacíamos rondas infantiles y jugábamos a las escondidas. Otras tardes el potrero de don Pedro Bringas se transformaba en cancha de futbol o en cielo abierto para elevar papalotes que parecían querer tocar las nubes.
El trompo, el balero y una pelota bastaban para construir la felicidad.
Pero un día tuve que irme.
La ciudad comenzó a llamarme. Llegaron el estudio, la carrera profesional y después la vida misma, que a veces nos lleva lejos de los lugares donde aprendimos a soñar.
Nunca olvidé mi pueblo.
Y cuando años después regresé, junto con la alegría de reencontrar amigos llegaron también ciertas tristezas.
La calle seguía allí, pero ya no era la misma.
El campo había desaparecido bajo el concreto. Donde antes corríamos ahora había bardas y construcciones.
Y aquel río de mi infancia, donde alguna vez hubo agua limpia, peces, juegos y risas, se había convertido en un vertedero silencioso.
Entonces comprendí algo que quizá muchos también han sentido: no solo cambian los pueblos… a veces desaparece el mundo donde fuimos felices.
Comparto esta canción porque cada vez que la escucho siento que también habla de nosotros; de nuestros barrios, de nuestros ríos, de los amigos que quedaron atrás y de aquella infancia sencilla que nunca supimos que era un tesoro.
Tal vez esta historia también sea la de muchos. La del niño que jugó en una calle de tierra. La del que voló papalotes. La del que dejó su pueblo buscando futuro. La del que un día volvió y descubrió que el paisaje de su memoria ya no existía.
Porque donde alguna vez hubo hierba, río, juegos y amistad… hoy muchas veces solo queda memoria. Y, sin embargo, mientras alguien recuerde, aquel mundo seguirá viviendo.

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