mayo 20, 2026

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El gran desafío

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La relación entre México y los Estados Unidos atraviesa una etapa enclenque, compleja y cargada de tensiones políticas, diplomáticas y de seguridad.

No se trata únicamente de diferencias ideológicas entre gobiernos; gira en torno a la convivencia obligada entre dos naciones profundamente entrelazadas por la economía, la migración, el comercio, la seguridad fronteriza y el combate al crimen organizado.

En ese contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta uno de los desafíos más importantes de su administración: sostener una relación estable y funcional con el presidente Donald Trump, un personaje político de carácter frontal, nacionalista y poco tolerante a las evasivas diplomáticas. Es de mecha corta.

La verdad desnuda obliga a reconocer un hecho incómodo pero imposible de ignorar: México comparte frontera con la potencia económica, militar y financiera más importante del planeta.

Más del ochenta por ciento de las exportaciones mexicanas dependen del mercado estadounidense; millones de familias viven directa o indirectamente del comercio bilateral; y una parte fundamental de la estabilidad financiera nacional se sostiene gracias a la integración económica con Washington.

Por ello, cualquier confrontación innecesaria con la Casa Blanca puede derivar en consecuencias profundas para la inversión, el turismo, el empleo y la estabilidad política de nuestro país.

La historia enseña que la prudencia diplomática ha sido indispensable en la relación con el vecino del norte. Desde la pérdida territorial del siglo XIX, pasando por las presiones económicas del siglo XX, hasta los recientes conflictos comerciales y migratorios, México ha tenido que actuar con inteligencia estratégica y no con impulsos ideológicos.

Hoy, el tema que domina la agenda bilateral es el narcotráfico y la expansión de los grupos criminales.

Para Washington, los cárteles mexicanos representan una amenaza directa a su seguridad nacional debido al tráfico de fentanilo, armas y drogas sintéticas.

Y aunque en México exista resistencia a ciertas formas de cooperación, resulta evidente que la presión estadounidense seguirá aumentando.

En política internacional no bastan los discursos soberanistas cuando la realidad golpea diariamente con cifras de violencia, decomisos y territorios controlados por organizaciones criminales.

La cooperación bilateral no debe entenderse como sometimiento, sino como una necesidad compartida entre dos países que enfrentan un problema común.

Nadie pelea con un gigante. Nadie puede darse el lujo de ignorar las exigencias del principal socio económico de México. Mucho menos cuando la estabilidad de millones de ciudadanos depende de una relación bilateral sana, madura y funcional.

Eso no significa renunciar a la dignidad nacional ni aceptar imposiciones automáticas. Implica actuar con cabeza fría, ánimo sereno y visión de Estado.

La diplomacia inteligente no consiste en desafiar por orgullo, sino en negociar con firmeza sin romper los puentes indispensables.

La presidenta Sheinbaum tiene ante sí la obligación histórica de conducir esta etapa con responsabilidad política. Porque cuando las tensiones internacionales escalan, los costos no los pagan los gobiernos: los paga el pueblo.

Sí, ese pueblo noble y sometido, tan llevado y traído por esa lengua venenosa de la 4T, que serpentea por todo el territorio nacional con esa cacareada y burlona frase:

“Por el bien de todos, primero los pobres”.

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