abril 16, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia… no puede esperar

El champurrado y las balas

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El cacao se tuesta lentamente sobre el comal, desprendiendo ese aroma profundo que me conecta con la tierra y con los siglos. Es un ritual antiguo que he aprendido a respetar: el fuego no debe ser demasiado alto, el movimiento del comal debe ser constante y el oído atento para escuchar el primer crujir de los granos. En ese instante, mientras la radio murmura noticias de fondo, el presente y el pasado se funden como los ingredientes de este atole prehispánico que mis abuelas preparaban con la paciencia de quien sabe que el sabor, también es una forma de resistencia.

Tomo la cuchara de madera y comienzo a moler el cacao tostado con agua, mientras pongo la masa a hervir. El sonido de la licuadora, aunque ausente, parece resonar en mi mente, recordándome que el champurrado no es solo una bebida, es memoria viva. Agrego el piloncillo, la canela y dos clavos de olor. El vapor empieza a levantarse en la olla, espeso y dulce, y el aire se impregna de hogar. Es entonces cuando escucho, entre las voces de los noticiarios, el nombre de Carlos Manzo.

El conductor del noticiero habla rápido, como si quisiera atravesar la tragedia sin detenerse demasiado. Dice que fue en Uruapan, en plena plaza pública. Que lo acribillaron mientras participaba en un evento con flores de cempasúchil y veladoras encendidas. Un video transmitido por la televisora muestra el momento preciso: los gritos, la confusión, la caída. Me quedo inmóvil, con la cuchara suspendida en el aire. El cacao sigue hirviendo, pero algo dentro de mí se enfría de golpe.

Carlos Manzo fue un hombre incómodo. De esos que no caben en los moldes de la política domesticada. Su discurso era encendido, combativo, lleno de palabras que incomodaban tanto al poder como al crimen. Su voz sonaba a reclamo y a esperanza, y en este país eso siempre tiene un costo. Lo asesinaron con siete tiros por la espalda, una manera de decirle al mundo que las ideas todavía estorban.

Pienso entonces en otro hombre que también fue silenciado por su discurso. Han pasado casi treinta y un años desde que, el 23 de marzo de 1994, las balas callaron a Luis Donaldo Colosio. En ambos casos, fue la palabra la que detonó el arma. En ambos el miedo, de quienes no toleran la verdad, que se disfrazó de plomo. La historia mexicana tiene una triste especialidad en repetir sus tragedias con diferentes nombres y las mismas heridas.

El champurrado comienza a espesar, lo bato con fuerza, tratando de que no se formen grumos. Pienso que en México la política también se bate así: con fuego bajo, con cuidado, con la esperanza de que no se corte el sabor de la dignidad. A veces, el país parece una olla que hierve sin remedio, donde el aroma de la tierra convive con el humo de las balas.

Sirvo una taza. El vapor sube como una oración tibia. Bebo un sorbo y dejo que el sabor del cacao me reconcilie, aunque sea por un instante, con lo humano. Afuera, la vida sigue, y los muertos recientes se vuelven parte de este altar colectivo que cada año honramos con flores de cempasúchil. En este país, donde la muerte acecha incluso a quienes sueñan en voz alta, el champurrado se convierte en un acto de fe, un recordatorio de que, mientras haya fuego y palabra, todavía habrá vida.

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