La austeridad luce impecable en el discurso. La verdadera prueba comienza cuando obliga a renunciar a una comodidad.
La controversia por la solicitud de acceso de senadores al Salón de Protocolo del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México vuelve a colocar una pregunta sobre la mesa: ¿hasta dónde llega la convicción igualitaria de quienes gobiernan y en qué momento comienza su inclinación por el trato preferencial?
Conviene precisar los hechos. Desde la Secretaría Técnica de la Mesa Directiva del Senado se envió una petición para utilizar ese espacio. Higinio Martínez, presidente de la Cámara, negó que existiera un acuerdo que la autorizara y atribuyó el envío a un error del funcionario responsable. Ese deslinde forma parte indispensable de la historia.
Pero la explicación administrativa deja abierta la discusión política.
Porque un oficio puede enviarse por equivocación. La tentación del privilegio merece una reflexión más profunda.
Durante años, la Cuarta Transformación construyó buena parte de su identidad alrededor de una promesa: terminar con los excesos del poder, reducir la distancia entre gobernantes y gobernados y desterrar aquella idea de que el cargo público concede una categoría superior.
La austeridad se convirtió en bandera, argumento y medida para juzgar a los adversarios.
Por eso resulta inevitable examinar con el mismo rigor las aspiraciones de trato preferencial que surgen alrededor del oficialismo.
Quien hizo de la sobriedad una credencial política asumió también una obligación de congruencia.
El episodio del aeropuerto no acredita viajes en aeronaves privadas; el jet ejecutivo del título representa el extremo simbólico de una trayectoria que merece vigilancia: comenzar proclamando cercanía con la vida cotidiana y terminar considerando indispensable una puerta reservada.
Del vagón compartido al acceso exclusivo.
De la promesa de igualdad a la búsqueda de excepciones.
De acompañar al ciudadano a solicitar una comodidad que lo separe de él.
Desde luego, cualquier persona puede disfrutar de servicios privados cuando los paga con sus recursos y cumple las condiciones correspondientes. El escrutinio aparece cuando la investidura se convierte en argumento para obtener facilidades especiales.
Ahí comienza el problema público.
¿Qué justifica la distinción? ¿Una necesidad institucional acreditada? ¿Una condición particular que deba atenderse? ¿O simplemente la costumbre de suponer que la representación popular merece una antesala diferente?
Las respuestas deben ser claras, documentadas y aplicables con criterios transparentes.
La ciudadanía conoce demasiado bien las incomodidades de los aeropuertos: esperas prolongadas, espacios saturados y servicios insuficientes. Sus representantes tienen una oportunidad valiosa de conocer esas condiciones y promover soluciones que beneficien a todos.
Compartir la espera también puede ser una forma de escuchar.
Gobernar exige conservar el contacto con la realidad, incluso cuando esa realidad resulta incómoda.
La contradicción adquiere mayor relieve entre quienes prometieron una transformación moral de la vida pública. A mayor exigencia proclamada, mayor responsabilidad de cumplirla. Nadie puede reclamar indulgencia para sus propias excepciones después de haber hecho de las ajenas una acusación permanente.
Y este criterio debe alcanzar a todos los partidos. La búsqueda de privilegios pierde legitimidad con independencia del color de la credencial.
A la prensa le corresponde señalar esas incongruencias con firmeza y precisión. Una crítica sustentada conserva su fuerza sin recurrir al agravio. Basta colocar la promesa junto a la conducta para que el contraste hable por sí mismo.
La cuestión de fondo rebasa una sala de aeropuerto.
Se trata de saber si el poder se entiende como responsabilidad o como ascenso de categoría; si la cercanía con la gente es una práctica cotidiana o una imagen cuidadosamente administrada.
México ha escuchado demasiadas promesas de modestia para conformarse con nuevas explicaciones de excepción.
La austeridad se acredita cuando nadie está mirando. La congruencia, cuando existe la posibilidad de obtener una ventaja y se decide prescindir de ella.
Porque la confianza pública también se pierde en pequeños gestos: un acceso especial, una atención inmerecida, una puerta que se abre por el peso del cargo.
Llegaron ofreciendo derribar las barreras entre el poder y la ciudadanía.
Que no terminen solicitando una llave para volver a levantarlas.
El Teacher López Dóriga lo dijo como es, sin medias tintas y sin miedo: no tienen madre en Morena. Ahora sus senadores exigen acceso al salón oficial del aeropuerto para no juntarse con la “chusma”, es decir, con el pueblo.
Y tiene toda la razón.
Imagen de portada: Los nuevos Salones Premier de Aeroméxico/// https://goforit.com.mx/