octubre 19, 2026

En Esta Hora

Porque la noticia no puede esperar…

Home » Hay que ser facilitadores

Hay que ser facilitadores

Compartir:

Hay frases que uno aprende, otras que escucha y algunas más que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en una manera de vivir.

Desde hace mucho tiempo suelo repetir una que resume buena parte de lo que entiendo por servicio: “Hay que ser facilitadores”.

Facilitar no significa resolverle la vida a los demás. Tampoco significa hacer lo que no nos corresponde, pasar por encima de las normas o conceder siempre lo que se nos pide. Ser facilitador es algo más sencillo y, al mismo tiempo, más profundo: no complicarle innecesariamente la vida al otro y, cuando está en nuestras manos, ayudarle a encontrar un camino.

Vivimos rodeados de personas que pueden abrir puertas y también de quienes parecen encontrar satisfacción en cerrarlas.

Lo vemos en una oficina pública, cuando alguien llega buscando orientación y recibe como respuesta un “no se puede”, antes siquiera de haber escuchado su problema. Lo vemos en instituciones donde una persona va de escritorio en escritorio porque nadie quiere asumir la responsabilidad de decirle qué hacer. Lo vemos también en nuestra vida cotidiana, cuando pudiendo ayudar con una llamada, una orientación o simplemente con unos minutos de nuestro tiempo, preferimos desentendernos.

Por eso siempre he pensado que quien tiene una responsabilidad pública debe entenderse, antes que nada, como servidor.

La palabra lo dice claramente: servidor público. No dueño de la oficina, no propietario del cargo, no alguien a quien los ciudadanos tengan que agradecerle por hacer aquello para lo cual precisamente fue nombrado.

Pero esta actitud no corresponde solamente a quienes trabajan en el gobierno.

También debería distinguir a quienes ejercen un ministerio religioso. Un sacerdote, un pastor, un monje o cualquier persona dedicada espiritualmente a los demás tendría que ser alguien que facilite el encuentro, que escuche, que acompañe y que acerque, no alguien que coloque obstáculos innecesarios entre las personas y Dios.

Lo mismo sucede con un maestro que puede despertar posibilidades en un alumno; con un médico que, además de diagnosticar, sabe orientar; con un empresario que ayuda a crecer a quienes trabajan con él; con un amigo que utiliza sus relaciones no para presumirlas, sino para tender puentes.

Todos, en algún momento de nuestra vida, podemos ser facilitadores.

A veces pensamos que para ayudar se necesita dinero o una posición importante. No siempre es así.

Muchas veces basta con contestar una llamada.

Dar una información.

Presentar a dos personas.

Escuchar con paciencia.

Explicar un trámite.

Recomendar a alguien.

Abrir una puerta.

O simplemente decir: “Déjame ver cómo puedo ayudarte”.

Porque ser facilitador es, en el fondo, una forma de generosidad.

Y la generosidad no consiste únicamente en dar cosas. También damos cuando compartimos nuestro tiempo, nuestros conocimientos, nuestras relaciones, nuestra experiencia y nuestra capacidad para hacerle más sencillo el camino a alguien.

Y aquí vale la pena hacernos una pregunta: ¿Eres facilitador o cierras puertas? ¿Tiendes puentes o levantas muros? ¿Buscas soluciones o encuentras pretextos? Porque muchas veces no son las grandes decisiones las que definen nuestra calidad humana, sino esas pequeñas oportunidades cotidianas de ayudar o complicarle la existencia a alguien.

Y quizá por eso, cuando alguien se acerca a pedirme un favor, suelo responder con una frase que digo medio en serio y medio en broma:

“Los milagros los hago de inmediato; en lo imposible me tardo un poco, pero también lo resuelvo”.

Porque no siempre podremos resolver los problemas ajenos, pero sí podemos evitar convertirnos en un obstáculo.

Y si no podemos ayudar a alguien, al menos tengamos la sensibilidad de no hacerle daño.

gerardolunadar2013@gmail.com

Compartir: