Un sexenio de gobierno parece una eternidad, hasta que llega la sucesión.
Y en Veracruz, aunque el calendario diga que faltan cuatro años para 2030, el reloj político ya comenzó a correr.
La pregunta empieza a escucharse en los cafés del puerto, en Xalapa, en Coatzacoalcos y, seguramente, en más de una oficina de Palacio de Gobierno:
¿Quién después de Rocío Nahle?
Por ahora, la respuesta no parece sencilla.
Porque el problema del morenismoveracruzano no necesariamente está en la falta de funcionarios. Está en la falta de figuras que hayan construido, hasta este momento, una dimensión política propia suficiente para entrar naturalmente en una conversación sucesoria.
Dicho a la vieja usanza priista:
La caballada se ve muy flaca.
Nahle tiene gabinete.
Lo que todavía no tiene a la vista es heredero.
Y no es lo mismo.
Gobernar una secretaría exige administración. Aspirar a gobernar Veracruz requiere territorio, estructura, interlocución empresarial, operación política, conocimiento de las regiones y, sobre todo, una identidad propia frente al electorado.
Ese perfil no se fabrica seis meses antes de una elección.
Se construye.
Y ahí comienza el problema.
Dentro del primer círculo del gobierno estatal hay funcionarios disciplinados, técnicos y operadores. Pero son pocos los que, hasta ahora, han adquirido una presencia política que trascienda los muros de Palacio.
Muchos administran.
Pocos hacen política.
Y todavía menos podrían convertirse, por sí mismos, en una figura estatal.
Por eso resulta interesante que, cuando comienza a hablarse prematuramente de 2030, las miradas no necesariamente se concentren en los secretarios del gabinete.
Se van hacia afuera.
Ahí aparecen, entre conversaciones y especulaciones políticas, perfiles provenientes de otros espacios de poder.
Uno: el alcalde del sur.
Cercano al grupo gobernante, con espacio geográfico propio y una ventaja que en política vale oro: conoce la calle.
No necesita que le expliquen cómo caminar una colonia, cómo hablar con una estructura territorial o cómo sobrevivir a una campaña.
El sur de Veracruz, además, no es cualquier región para el actual grupo gobernante.
Ahí está buena parte de su historia política.
Dos: el senador.
Polémico, experimentado y convencido de que todavía puede jugar en las grandes ligas.
Su apuesta pasa por conservar presencia, estructura y relaciones estatales y nacionales.
Sabe perfectamente que una senaduría puede ser destino para muchos.
Pero también trampolín para otros.
Y en política nadie se retira de una carrera sucesoria hasta que la realidad lo retira.
Tres: el empresario convertido en político.
Tiene relaciones, estructura y capacidad de interlocución con sectores que Morena necesita conservar y ampliar.
Representa otra escuela.
Menos ideológica.
Más pragmática.
La de quien entiende que una elección estatal no solamente se construye con discursos y movilización partidista, sino también con acuerdos, operadores, empresarios, alcaldes y presencia regional.
Tres perfiles distintos.
Tres rutas.
Pero con una coincidencia reveladora:
la conversación sucesoria comienza a buscar fuera del gabinete lo que todavía no encuentra claramente dentro.
Ese es el verdadero tema.
Rocío Nahle llegó al gobierno después de una trayectoria nacional: diputada federal, senadora y secretaria de Energía. No aterrizó en Veracruz como una improvisada electoral.
Llegó con historia política, relaciones nacionales y el respaldo de un movimiento que entonces encabezaba Andrés Manuel López Obrador y que hoy gobierna Claudia Sheinbaum.
Pero una cosa es conquistar el poder.
Y otra muy distinta construir la sucesión.
Los gobernadores suelen descubrirlo demasiado tarde.
Porque rodearse de funcionarios leales garantiza control administrativo.
No necesariamente avala continuidad política.
Los empleados obedecen. Los sucesores construyen.
Y un sucesor necesita algo que ningún nombramiento publicado en la Gaceta Oficial puede otorgarle: peso propio.
Ahí está el dilema que Morena tendrá que resolver rumbo a 2030.
No basta con que alguien tenga la bendición de Palacio.
Tendrá que tener votos.
No basta con aparecer junto a la gobernadoracomo soldadito obediente.
Tendrá que caminar solo.
No basta con ser leal.
Tendrá que convencer.
Y tampoco puede olvidarse otro elemento: Veracruz es grande, diverso y políticamente complejo para fabricar un candidato únicamente desde un escritorio.
Son 212 municipios.
Norte, centro y sur.
Huasteca, Totonacapan, montaña, costa, zona conurbada, corredor industrial y regiones rurales.
Quien pretenda gobernarlo tendrá que conocer ese mosaico y construir presencia mucho antes de que llegue la campaña.
Por eso 2030 parece lejano únicamente para quien no conoce la política.
Para quienes sí la conocen, 2030 ya empezó.
Y quizá ésa sea la paradoja del gobierno de Rocío Nahle:
tiene poder.
Tiene estructura.
Tiene partido.
Tiene Palacio.
Pero todavía no aparece con claridad quién podría heredar políticamente todo eso.
La sucesión, por supuesto, no está escrita y cuatro años pueden transformar completamente el tablero.
Pero hoy la fotografía permite una pregunta incómoda:
¿el próximo candidato de Morena a gobernador saldrá realmente del gabinete de Rocío Nahle?
O tendrá que salir de una alcaldía, del Senado, del Congreso o de alguno de los grupos políticos que ya comenzaron a preparar sus propias piezas.
Porque una cosa parece clara:
la carrera por 2030 no comenzará cuando Morena publique su convocatoria.
Comenzó desde ahora.
Y mientras afuera algunos ensillan caballos, construyen territorio y cuentan estructuras, dentro de Palacio todavía sobran quienes parecen conformarse con una sola estrategia:
mirar hacia la oficina principal y preguntar:
—¿A qué hora, gobernadora?
La que usted diga…
Madame.
Imagen de portada: Zeta Tijuana