Hay decisiones que tardamos años en construir y segundos en destruir.
Una carrera, una amistad, una familia, un prestigio, incluso una vida entera pueden cambiar cuando dejamos que el enojo tome el control. Sentir coraje no es malo; es una emoción humana, inevitable y, en ocasiones, necesaria. El problema comienza cuando dejamos de sentirlo para empezar a obedecerlo.
Un ejemplo lo vimos millones frente a una televisión. Era la final del Mundial de futbol de 2006. Francia e Italia disputaban el campeonato y Zinedine Zidane jugaba el último partido de su extraordinaria carrera. Después de un intercambio de palabras con Marco Materazzi, Zidane reaccionó con un cabezazo en el pecho de su adversario.
Tarjeta roja.
En segundos terminó su participación en aquella final y también su carrera como futbolista profesional. Podremos discutir qué le dijeron o quién comenzó, pero la enseñanza va mucho más allá del futbol:
La provocación nunca es justificación.
Quien provoca es responsable de sus palabras y actos; nosotros seguimos siendo responsables de nuestra respuesta.
Hay situaciones todavía más dramáticas. Una discusión en la vía pública, un insulto o una humillación pueden terminar, por un instante de ira, en golpes, cárcel o incluso con una vida. Después llega la frase: “Si pudiera regresar ese momento…”. Pero el tiempo no regresa.
Por eso también hay que educar el enojo. Entre la provocación y nuestra reacción existe un pequeño espacio. A veces dura segundos, pero ahí cabe una decisión enorme: contestar o callar; golpear o retirarse; acelerar o dejar pasar; enviar ese mensaje hiriente o esperar hasta mañana.
Retirarse no siempre es cobardía. Callarse no siempre significa perder. Muchas veces significa algo más importante: no entregarle a otra persona el control de nuestra vida.
Las enseñanzas del Dalai Lama insisten en algo profundamente humano: el verdadero enemigo no necesariamente está afuera, sino dentro de nosotros. Un adversario externo puede perturbarnos momentáneamente, pero son nuestras propias aflicciones mentales las que pueden arrebatarnos la paz.
La tradición budista habla de esos enemigos internos. La ignorancia, que nos impide comprender la realidad y al otro; la cólera, que nubla la razón y destruye la calma; el apego, que nos hace aferrarnos a personas, cosas o circunstancias como si fueran permanentes; y el orgullo, que nos coloca por encima de los demás y nos dificulta reconocer nuestros errores.
De todos ellos, quizá la cólera sea el que puede actuar con mayor rapidez. Quien nos provoca puede encender la chispa, pero el combustible está dentro. Dominar el enojo no significa reprimirlo, sino reconocerlo antes de que decida por nosotros.
Quien te provoca puede encender la chispa; pero no le entregues también el combustible.
Pero hay responsabilidad de ambos lados. La prudencia de quien recibe una ofensa jamás puede convertirse en licencia para provocarlo. Uno debe contener su ira; el otro, su lengua, sus actos y su intención de hacer daño.
Por eso la advertencia vale para ambos: si eres agredido o si eres el provocador, mucho cuidado. Quien provoca desconoce hasta dónde llegará la respuesta; quien es provocado no puede justificar por ello cualquier reacción.
Quizá la mayor victoria sea doble: no permitir que otros despierten nuestros enemigos internos y no convertirnos nosotros en quienes despierten los de los demás.
La provocación nunca es justificación. Pero tampoco la prudencia del otro es permiso para provocarlo. Un segundo de enojo puede pasar muy pronto; sus consecuencias pueden quedarse para toda la vida.