Cuando una pareja llega a un divorcio, a una separación, a un proceso de nulidad matrimonial o simplemente al momento doloroso de explicar por qué terminó una relación, casi siempre aparecen tres versiones: la tuya, la mía y la verdad.
Cada persona cuenta la historia desde el lugar donde le dolió. Uno recuerda las palabras que recibió; el otro, las que tuvo que soportar. Uno habla de abandono; el otro, de cansancio. Uno asegura que dio todo; el otro sostiene exactamente lo mismo. Y muchas veces ambos terminan convencidos de una cosa: yo fui la víctima y tú fuiste el culpable.
Lo vemos en ese tribunal invisible que forman la familia y los amigos. Cada parte presenta sus razones, heridas y recuerdos.
Pero también existen relaciones que nunca llegarán a ningún tribunal. No hubo matrimonio civil ni religioso, papeles que repartir o sentencia que esperar. Son noviazgos, uniones libres o relaciones que pudieron durar meses o muchos años y que un día simplemente terminan. A veces después de una larga conversación; otras, con unas cuantas palabras; y algunas, casi con un “hola y adiós”.
Y no por carecer de un acta o una sentencia el final duele menos.
Joaquín Sabina lo entendió muy bien en 19 días y 500 noches: hay despedidas que ocurren en un instante, pero cuyos despueses pueden durar muchísimo más. El calendario del amor y el calendario del desamor no siempre miden el tiempo de la misma manera.
Uno puede tardar unos minutos en decir “se acabó” y necesitar meses, quizá años, para comprender todo lo que terminó con esas palabras.
Esto no significa que no existan responsabilidades claras. Hay situaciones de violencia, engaño, abuso o abandono que no admiten justificación. Sería injusto resolverlo todo diciendo que “los dos tuvieron la culpa”. No siempre es así.
Sabina lo expresa extraordinariamente en Agua pasada: “Lo peor del amor cuando termina / son las habitaciones ventiladas”.
Porque la memoria también selecciona. Recordamos con claridad aquello que nos hirió y no siempre con la misma precisión aquello con lo que nosotros herimos. Podemos enumerar todo lo que dimos y pasar por alto aquello que dejamos de ofrecer.
Cuando una pareja comparece ante un tribunal —o simplemente ante su propia conciencia— no llegan solamente dos personas. Llegan también las expectativas frustradas, los silencios acumulados, los desencuentros, las familias y las heridas antiguas.
Entonces comienza la batalla por tener razón.
Y quizá ahí aparece uno de los mayores obstáculos para conocer la verdad: cuando nuestro objetivo deja de ser comprender lo ocurrido y se convierte únicamente en ganar.
Después de una ruptura podemos pasar meses o años contando nuestra versión, buscando que alguien finalmente nos diga: tú tenías razón.
Pero tener razón no siempre cura. A veces nos mantiene atados a aquello que aseguramos haber dejado atrás.
Escuchar la versión del otro no significa darle la razón. Significa aceptar que una misma historia puede vivirse desde lugares completamente diferentes.
Y después vienen los despueses.
El después del enojo. El después de las explicaciones. El después de cambiar las rutinas, dejar de llamar, aprender a no preguntar y descubrir que ciertos lugares, canciones, olores o fechas todavía conservan memoria.
Tal vez por eso Sabina ha sabido contar tan bien esos territorios que comienzan cuando el amor termina.
Porque una relación puede terminar en un día; los despueses no tienen calendario.
Quizá la verdadera paz no llega cuando conseguimos demostrar quién tuvo razón. Llega cuando ya no necesitamos demostrarlo.
Y ése, probablemente, sea el último de los despueses. No se juzga a quien se queda ni a quien se va.