septiembre 8, 2026

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Lo que se sabe

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Un amigo muy querido, cuando conversamos sobre algunos temas, suele traer a la memoria este dicho popular… “De los gatos se oye, de los perros se ve y de los hombres se sabe”. 

La frase, aparentemente sencilla, encierra un cuestionamiento profundo: ¿cómo conocemos verdaderamente a una persona? A unos los advertimos por el ruido que hacen; a otros, por lo que muestran; pero a los seres humanos terminamos conociéndolos por la huella que dejan.

Vivimos en un tiempo en el que se habla demasiado y se escucha poco. Las redes sociales han convertido la vida en un escaparate donde cada quien procura enseñar su mejor ángulo. Vemos fotografías, viajes, sonrisas, logros y declaraciones llenas de buenas intenciones. Sin embargo, lo visible no siempre coincide con lo verdadero. Una imagen puede prepararse, una frase puede copiarse y una apariencia puede sostenerse durante algún tiempo. La conducta cotidiana, en cambio, difícilmente puede fingirse para siempre.

De los seres humanos “se sabe” no por lo que dicen de sí mismos, sino por la manera en que tratan a quienes no pueden ofrecerles nada; por su comportamiento cuando nadie los observa; por la lealtad que mantienen cuando llegan los problemas y por la responsabilidad con la que asumen las consecuencias de sus decisiones. El carácter no se anuncia: se descubre.

También debemos reconocer que aquello que “se sabe” de una persona suele construirse mediante comentarios, versiones y rumores. Ahí aparece otro peligro. No todo lo que se dice es verdad, ni todo silencio significa culpabilidad. Una reputación puede tardar años en construirse y apenas unos minutos en quedar herida por una afirmación irresponsable. Por eso, antes de juzgar, conviene distinguir entre lo que escuchamos, lo que vimos y lo que realmente conocemos.

Escuchar es recibir una versión. Ver es contemplar apenas una escena. Saber exige tiempo, cercanía, contexto y, sobre todo, honestidad. Nadie puede quedar definido por un solo error, como tampoco una buena acción aislada convierte automáticamente a alguien en una buena persona. Somos la suma de nuestras decisiones repetidas, de nuestras contradicciones, de nuestros aciertos y de la capacidad que tenemos para reconocer las faltas y corregir el camino.

Quizá la frase también nos invita a mirarnos a nosotros mismos. ¿Qué se sabe de nosotros cuando no estamos presentes? ¿Somos recordados por nuestras palabras o por nuestros actos? ¿La gente que ha convivido con nosotros podría confirmar aquello que proclamamos ser? Son preguntas incómodas, pero necesarias, porque muchas veces exigimos congruencia a los demás mientras justificamos nuestras propias contradicciones.

Al final, la vida termina quitándonos las máscaras. El ruido desaparece, las apariencias se desgastan y permanece lo que hicimos sentir a los demás. La persona, tarde o temprano, se revela en su manera de vivir.

Más que preocuparnos por parecer buenos, deberíamos ocuparnos en serlo. Porque nuestra verdad no está en lo que decimos frente al espejo, sino en aquello que los demás pueden contar después de haber caminado a nuestro lado.

gerardolunadar2013@gmail.com

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