El doctor Camilo González Cervantes es una leyenda que perdura en la región de Misantla por el medio siglo que mantuvo la salud de todos a fuerza de trabajo, talento y disciplina.
Él solo desde su consultorio anexo a la Botica Sesma y desde el Hospital municipal mantuvo a raya la muerte, hasta donde es posible, desde que llegó a lo que era un pueblo incomunicado con el mundo en 1938 y vivió la medicina como una vocación de servicio hasta el último día de su vida, el 22 de junio de 1990.
Ahora que hay tantos médicos que ven la profesión como una mercancía, yo que soy su hijo puedo dar fe de que el doctor Camilo nunca se negó a dar una consulta, a auxiliar una urgencia, a salvar una vida sin importar la hora, la situación o la distancia.
Sin aspavientos, sin publicidades exageradas y con toda la modestia de un hombre extraordinario, el doctor Camilo ofrecía su consulta a un precio risible, cinco pesos, que muchas veces ni siquiera cobraba ante la pobreza visible de muchos de sus pacientes, que salían cargados con la receta, la medicina y el agradecimiento. Aunque vivió de manera decorosa, no se hizo rico como otros, porque su objetivo no era ganar dinero sino remediar males.
Era un caso singular el de este médico que traía en su memoria brillante la historia clínica de todos los misantecos y sabia qué remedio recetar, qué tratamiento ordenar, que consejos dar. Porque era doctor de cuerpos y de almas. Muchos acudían a pedirle orientación sobre sus vidas, sobre sus familias, hasta sobre sus amores. Otros lo nombraban árbitro en pleitos de amigos, de parentescos, de hermanos.
Era un cacique bueno de las almas y de los mejores sentimientos.
A casi 40 años de su fallecimiento, en Misantla aún lo recuerdan y casi todos saben a quién se refiere la céntrica calle que orgullosamente lleva su nombre. Y con su recuerdo, siguen surgiendo las leyendas y las anécdotas del doctor del pueblo.
Va una:
El doctor Camilo reponía cualquier miembro del cuerpo que algún cristiano perdiera. Era experto en orejas, que recolocaba casi con una sola mano como las matronas hacen trutrú. Que si alguien se había cercenado un dedo con el machete, se lo llevaba a él y de inmediato se lo cosía vena por vena, cartílago por cartílago, hueso por hueso. Que si era una mano o hasta un brazo, ahí lo tenían remendando con toda paciencia la carne talada para que el miembro volviera a hacer su función como si nada.
Cierta vez, un hombre fue decapitado por un certero machetazo y le llevaron el cuerpo en andas de un catre cargado por cuatro tamemes y la cabeza metida en una bolsa de plástico, convenientemente cerrada.
—Doctorcito, le traemos este cuerpo y esta cabeza para ver si los pega de nuevo.
—Lo hubiera podido hacer y bien, pero cometieron un error garrafal: metieron la cabeza en una bolsa hermética, ¡y por eso llegó asfixiada!