En octubre próximo mi padre cumplirá 107 años. Ha recorrido más de un siglo de historia y, sin embargo, nuestras estadísticas lo colocan dentro del mismo grupo poblacional que una persona que acaba de cumplir sesenta. Cuarenta y siete años de diferencia reunidos bajo una sola denominación: personas adultas mayores.
La amplitud de ese intervalo debería hacernos pensar. ¿Puede una misma categoría describir adecuadamente a quien permanece en plena actividad profesional a los 60 años, a quien comienza a necesitar apoyos a los 85 y a quien, como mi padre, ha superado la frontera de un siglo de vida?
Durante mucho tiempo aceptamos que la vejez comenzaba a una edad determinada. Primero el calendario, después las instituciones y finalmente la cultura establecieron una frontera. Cumplir 60 o 65 años significaba entrar, casi de manera automática, en una etapa asociada con el retiro, la dependencia y el deterioro. Aquella representación tuvo cierta correspondencia con las condiciones de otras épocas, cuando la esperanza de vida era menor, las enfermedades se atendían con menos recursos y el desgaste físico acumulado resultaba mucho más severo.
Hoy observamos algo distinto. Encontramos personas de 60 y 70 años que trabajan, emprenden, estudian, viajan, practican deporte, dirigen organizaciones y participan activamente en la vida pública. Muchas conservan una apariencia, una movilidad y una capacidad intelectual que décadas atrás se asociaban con edades menores. No estamos únicamente ante un cambio de vestimenta, costumbres o percepción estética. También se han producido transformaciones reales en la salud y en la capacidad funcional de las generaciones recientes.
Un estudio publicado en Nature Aging, basado en investigaciones longitudinales realizadas en Inglaterra y China, encontró que las generaciones más recientes llegan a edades avanzadas con mayores capacidades cognitivas, locomotoras, sensoriales y psicológicas que quienes nacieron antes. En la muestra inglesa, una persona de 68 años nacida en 1950 mostraba una capacidad integral superior a la de otra de 62 nacida apenas diez años antes.
Los investigadores resumen prudentemente que, al menos dentro de ese estudio, 68 podría ser el nuevo 62. Sus resultados no deben trasladarse mecánicamente a todos los países ni a todos los grupos sociales, pero confirman una intuición cada vez más extendida: la edad cronológica ya no explica por sí sola el estado real de una persona.
Aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Las sociedades envejecen aceleradamente, mientras muchas personas comienzan a envejecer más tarde. El envejecimiento demográfico avanza porque vivimos más años y nacen menos niños; el envejecimiento individual, en cambio, puede retrasarse cuando mejoran la alimentación, la educación, la higiene, la atención médica, la actividad física, la prevención y el tratamiento de enfermedades.
México contaba en 2024 con aproximadamente 16.5 millones de personas de 60 años y más, equivalentes a 12.4 por ciento de la población. De acuerdo con las proyecciones del Consejo Nacional de Población, hacia 2040 serán alrededor de 28 millones y representarán cerca de una quinta parte del país. El fenómeno es irreversible y transformará la economía, los sistemas de salud, las familias, el empleo, las viviendas y la organización de nuestras ciudades.
Frente a esta realidad, necesitamos revisar qué entendemos por vejez. La respuesta contemporánea debe reconocer que existen varias edades dentro de una misma persona. La edad cronológica cuenta los años transcurridos desde el nacimiento. La edad biológica expresa el estado de los órganos y sistemas. La edad funcional refleja la autonomía, la movilidad y las capacidades cognitivas. La edad social se construye a partir de los papeles y expectativas que una comunidad atribuye a cada etapa de la vida. Ninguna de ellas coincide necesariamente con las demás.
La Organización Mundial de la Salud ha contribuido de manera decisiva a este cambio de perspectiva. Su concepto de envejecimiento saludable se concentra en la capacidad funcional: poder satisfacer las necesidades básicas, aprender, tomar decisiones, desplazarse, mantener relaciones y contribuir a la sociedad. Para la OMS no existe una persona mayor típica. Algunos individuos de 80 años conservan capacidades físicas y mentales extraordinarias; otros, a la misma edad, necesitan asistencia para realizar actividades fundamentales.
La demografía también ha desarrollado el concepto de edad prospectiva. En lugar de declarar que la vejez comienza invariablemente a los 60 o 65 años, algunos investigadores proponen ubicar su inicio en la edad a partir de la cual quedan, en promedio, 15 años de vida. El umbral se mueve conforme cambia la longevidad de cada sociedad. Esta forma de medición permite observar que una población puede hacerse cronológicamente más vieja y, al mismo tiempo, conservar una expectativa de vida restante mayor que la de generaciones anteriores.
Estas nuevas aproximaciones justifican una revisión cultural y administrativa de la vejez. Sin embargo, conviene impedir que la actualización científica se convierta en un argumento para postergar derechos. En México, la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores reconoce como tales a quienes cuentan con 60 años o más. Ese umbral abre el acceso a protecciones, atención preferente y políticas específicas. Elevarlo de manera automática podría perjudicar a quienes han experimentado un envejecimiento prematuro debido a trabajos extenuantes, pobreza, enfermedades, desigualdad o falta de servicios médicos.
La respuesta inteligente consiste en conservar los 60 años como una garantía jurídica mínima y, simultáneamente, abandonar la idea de que todas las personas que cruzan esa frontera tienen las mismas condiciones y necesidades. Las políticas públicas deben reconocer trayectorias diferenciadas y responder a los grados reales de autonomía, salud, vulnerabilidad y participación.
Esta distinción es especialmente importante en un país tan desigual como México. Para quien ha contado durante toda su vida con alimentación adecuada, trabajo protegido, educación, descanso y atención médica, los 70 años pueden representar una etapa de actividad plena. Para quien comenzó a trabajar en la infancia, realizó labores físicas intensas, vivió con ingresos insuficientes o careció de seguridad social, el deterioro puede presentarse mucho antes. La biología también guarda memoria de la desigualdad.
Por ello, afirmar que “los 70 son los nuevos 60” puede describir acertadamente a una parte de la población, pero ocultar la realidad de muchas otras personas. La nueva longevidad no elimina las diferencias sociales; en ocasiones las prolonga. Vivir más constituye un logro extraordinario, aunque el verdadero desafío consiste en conseguir que los años adicionales puedan vivirse con salud, autonomía, seguridad y sentido.
Replantear la vejez implica también combatir el edadismo: esa forma de discriminación que reduce a las personas a los años que han cumplido. Cuando una sociedad supone que alguien deja de ser productivo, creativo o capaz de aprender al llegar a determinada edad, desperdicia experiencia, conocimiento y talento. La jubilación laboral no tendría que significar una jubilación de la vida comunitaria.
La economía de la longevidad abre oportunidades todavía poco exploradas. Millones de personas mayores pueden continuar trabajando, emprendiendo, enseñando, asesorando, cuidando, creando y participando, siempre que existan condiciones adecuadas y que esa participación sea una elección libre. El aprendizaje permanente, la alfabetización digital, el empleo flexible y los espacios de colaboración intergeneracional serán componentes esenciales de una sociedad que valore todas las etapas de la vida.
El cambio también deberá reflejarse en el territorio. Una comunidad preparada para la longevidad necesita viviendas adaptables, banquetas transitables, transporte accesible, iluminación suficiente, espacios públicos seguros, servicios de salud próximos, redes de cuidado y trámites que puedan realizarse de manera presencial o digital. Estas condiciones benefician a las personas mayores y mejoran la vida de la infancia, las personas con discapacidad y las familias.
Los gobiernos municipales tienen aquí una tarea de enorme trascendencia. Son la autoridad más cercana a la vida cotidiana y pueden incorporar la perspectiva de longevidad en la planeación urbana, la movilidad, la cultura, el deporte, la participación ciudadana y el desarrollo económico. Una ciudad amigable con las personas mayores es, en realidad, una ciudad más humana para todas las generaciones.
También necesitamos renovar nuestro lenguaje. La expresión “persona adulta mayor” cumple una función jurídica y protectora, pero abarca un universo demasiado diverso. La ancianidad debería comprenderse como una etapa avanzada de la vida, no como una condición que aparece automáticamente al cumplir sesenta años. Envejecer es un proceso continuo, heterogéneo y profundamente personal.
La historia de mi padre me lo recuerda de manera entrañable. Sus 107 años no pueden explicarse solamente mediante una cifra. En ellos habitan la memoria familiar, los acontecimientos de un país, las pérdidas, los aprendizajes, la adaptación y una forma única de atravesar el tiempo. Cada vida longeva contiene una parte de nuestra historia colectiva.
La ciencia seguirá extendiendo la esperanza de vida y, probablemente, también los años de autonomía. Nuestra cultura, nuestras instituciones y nuestras ciudades deberán evolucionar al mismo ritmo. El gran desafío no será únicamente agregar años a la existencia, sino agregar vida, dignidad, participación y propósito a esos años.
Quizá la pregunta correcta ya no sea a qué edad comienza la vejez. Tal vez debamos preguntarnos qué condiciones hacen que una persona pueda seguir viviendo plenamente, cualquiera que sea la edad escrita en sus documentos.
Prepararnos para una sociedad más longeva significa construir, desde ahora, el país en el que todos esperamos envejecer.
*rubenricano@cmdmexico.org
¿Cuándo comienza hoy la vejez? La edad que el calendario ya no alcanza a explicar