“Querido, aprovecho que hoy nos han puesto la electricidad 5 horas para que sepas que estoy bien. Jjjjj… y enviarte un fuerte abrazo. Muá. Nos vemos pronto…”
El mensaje llegó desde La Habana.
Lo escribió mi amiga Yordy.
Lo leí una vez. Luego otra.
Y confieso que aquello que seguramente ella escribió con una sonrisa, a mí me dejó pensando durante largo rato.
Porque hay frases que parecen pequeñas hasta que uno entiende el tamaño de la tragedia que esconden.
“Aprovecho que hoy nos han puesto la electricidad 5 horas…”
Cinco horas.
En cualquier otra parte del mundo, tener electricidad no merece una conversación. Nadie llama a un amigo para decirle que encendió el refrigerador. Nadie celebra que pudo cargar el celular. Nadie agradece poder prender un ventilador en medio del calor.
En Cuba, sí.
Allá la normalidad adquirió otro significado.
La luz llega y hay que correr.
Cargar el móvil.
Preparar comida.
Lavar.
Conservar lo poco que hay en el refrigerador.
Encender un ventilador para combatir durante unas horas el calor del Caribe.
Comunicarse con la familia.
Escribirle a un amigo para decirle algo tan elemental y, al mismo tiempo, tan profundamente humano:
Estoy bien.
Yordy todavía remata con una risa:
“Jjjjj…”
Después manda un abrazo.
Un beso.
“Muá”.
Y una promesa:
“Nos vemos pronto”.
Ahí está Cuba.
No solamente la Cuba de los discursos, de las consignas o de las discusiones ideológicas interminables.
Está la otra.
La de carne y hueso.
La de las familias que organizan su vida alrededor de los apagones; la de quienes enfrentan escasez de alimentos, medicamentos y combustible; la de quienes esperan durante horas aquello que en muchos países forma parte de la vida cotidiana.
La Cuba que aprendió a sobrevivir haciendo bromas sobre aquello que debería provocar indignación.
Porque hay pueblos que, cuando ya han llorado demasiado, aprenden también a reírse de sus desgracias.
Y eso quizá sea lo más conmovedor del mensaje de Yordy.
Ella no me pidió ayuda.
No se quejó.
No escribió un manifiesto político.
No culpó a nadie.
Simplemente aprovechó que había electricidad para decirme:
“Estoy bien”.
Pero esas dos palabras también duelen.
Porque uno termina preguntándose en qué momento de la historia comenzamos a considerar una buena noticia que una persona tenga cinco horas de electricidad.
Cuba lleva años atravesando una severa crisis económica y energética. Los apagones prolongados se han convertido en parte de la vida cotidiana de millones de personas, mientras la escasez golpea aspectos esenciales de la existencia.
Y detrás de cada estadística hay alguien.
Una madre.
Un anciano.
Un médico.
Un niño.
Una actriz.
Una familia esperando que regrese la corriente.
Personas que no hablan en porcentajes ni en cifras macroeconómicas.
Hablan de comida.
De medicinas.
De calor.
De luz.
De esperanza.
Por eso guardé el mensaje de Yordy.
Porque en unas cuantas palabras explicó una tragedia que necesitaría páginas enteras para describirse.
Cinco horas de electricidad.
Un teléfono que vuelve a encenderse.
Un mensaje que logra cruzar el mar.
Un abrazo que llega hasta Cancún.
Y una mujer que, pese a todo, todavía conserva algo que ningún apagón ha conseguido quitarle:
las ganas de sonreír.
Quizá por eso escribió:
“Nos vemos pronto”.
Ojalá.
Ojalá muy pronto llegue también el día en que Yordy no tenga que aprovechar cinco horas de electricidad para decirme que está bien.
El día en que la luz deje de ser noticia.
El día en que abrir un refrigerador, encender un ventilador, cocinar o cargar un celular vuelvan a ser simplemente eso:
cosas normales.
Mientras tanto, desde La Habana, Yordy manda un “muá”.
Parece poca cosa.
Pero en una Isla acostumbrada a vivir entre apagones, ese pequeño mensaje terminó haciendo exactamente lo contrario: encendió una luz.
Asere, ¿qué bolá?
Imagen de portada: Apagón masivo deja a millones sin luz en el occidente: Cuba revive sus peores fantasmas energéticos/// Cuba en Miami